Hoy me han caído 75 tacos…

Así, sin apenas enterarme y ya estoy aquí. Casi nunca he sido partidario de celebrar mis cumpleaños, que siempre me han parecido escalones de subida    –cuantos más, mejor–; jalones del trayecto inevitable hacia un final seguro… la meta evidente que espera paciente la llegada de tocristo. 

Ha transcurrido la semana con la normalidad de mis actividades post jubilación, entre las que sobresale mi dedicación a las letras –aunque siempre fui de ciencias por imperativo socio-familiar–. Hoy amanecí con intención de decidir entre dos artículos de actualidad, tras repasarlos y pulirlos, sobre cuál sería el primero y cuál el segundo para invitar a su publicación.

Uno habla de la vulnerabilidad de la monarquía en virtud de los deleznables comportamientos reales, de todos sabidos desde siempre, pero ya contrastados fehaciente y mediáticamente, para desgracia del pueblo soberano que merece el respeto debido según nuestra Carta Magna.

El otro tema, a falta de rematar, versa sobre el sindicalismo actual y el absurdo papel de los sindicatos hoy en una España masacrada por una infamante reforma laboral, esquilmada por un gasto público brutal, donde las subvenciones a estas inoperantes formaciones sindicales, así como a los despóticos partidos políticos y demás organismos con rimbombantes siglas corporativas, hacen del estado de las autonomías un despilfarro inhumano, incompatible con un cacareado estado de bienestar: mera utopía que se hace realidad para los pocos habituales, a costa de la penuria de los muchos de siempre.

Demasiada prosa escatológica para iniciar un día importante que me pide pinceladas positivas en lugar de burdos brochazos con los que compartir frustrantes sentimientos de indignación.

En un acto de egoísmo eventual, me decido por explayar mis sentimientos de satisfacción, porque las primeras luces de este día se han acompañado de emocionantes muestras de amor cercano a pie de almohada con el consabido “felicidades, cariño”. Y a partir de ahí, han desaparecido mis ínfulas cañeras para dejar paso a la sensibilidad romanticona que se desea con los puños cerrados y dientes prietos, para captar de la vida los momentos felices  que no deben desaprovecharse  por injerencias  de fuera.

Decido asumir mi protagonismo de hoy al recibir felicitaciones, testimonios de afecto, gratificantes muestras de cariño y, por supuesto, regalos por doquier que suelen abrumar a quien solo necesita la proximidad de los amigos, el aprecio de los más allegados, el cariño de los íntimos y el amor de quien, hace quince años, hizo de mí el doble de todo cuando solo era la mitad de mí mismo por asechanzas del destino. Ana fue entonces el milagro que lo sigue siendo en una misma almohada para fortuna mía. La que ha hecho que hoy, rebasada esta exageración del calendario, se cumpla aquella preciosa sentencia: “Envejece conmigo. Lo mejor está por llegar”. Desde este 22 de enero, como buen acuario, me dispongo a empezar a envejecer, poquito a poco y contigo al lado, porque quiero averiguar si existe, más allá del tiempo, algo mejor que todavía esté pendiente de llegar. Hoy me parece imposible…

Quienes me han felicitado hoy no saben hasta qué punto han acertado con sus deseos. Les agradezco a todos su bondadosa voluntad.

Gracias, Ana, por volar conmigo en formación cerrada. Seguiremos así, sin aterrizar para siempre jamás. Se está muy bien aquí arriba.

 

Carlos Castañosa

elrincondelbonzo.blogspot.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.