He vuelto a ver Chinatown

ChinatownDesde hace muchísimo tiempo (si a una porción de tiempo humano se le puede aplicar dicho adverbio) que pienso que hay películas cuya calidad es imposible justificarla mediante una clara racionalidad, que su eficacia y la fascinación que producen son fruto de elementos que nunca se pueden preparar a conciencia.

Acabo de volver a ver Chinatown y lo primero que puedo decir de ella es Ro, Ro, Ro. O sea, Robert Evans, Robert Towne, Roman Polanski. No sé si alguien ha reparado en alguna ocasión en la coincidencia sonora en los nombres de estos tres super-hombres del cine. No deja de ser un juego, por supuesto, algo más propio de una greguería de Gómez de la Serna o de la mente infantilizada del que esto suscribe. Más allá de dicha sonoridad, creo que entre ellos se produjo, en el año de gracia de 1974, una de las sinergias más interesantes de la historia del cine.

El primero es el productor, el segundo el guionista y el tercero, el director (y actor secundario). Y hay que añadir, por supuesto, a tres actores de talla incomparable, actores que regalaron su magia para el deleite de los espectadores de una película única: Jack Nicholson, Faye Dunaway, John Huston.

Creo que con Chinatown ocurre algo parecido a lo que ocurrió con Casablanca. Uno puede hablar de sus guiones, su fotografía, su puesta en escena, sus interpretaciones. Se puede parcelar todo y justificar racionalmente por qué esas películas son tan grandes. Y podríamos llegar a la conclusión de que el todo es la suma de las partes. Pero no estoy muy seguro de que si uniéramos el mismo grado de talento de otros grandes artífices del cine nos daría como resultado una película con tanto atractivo. Creo que hay algo que se nos escapa. El resultado de la conjunción de los astros, el puro azar, la construcción de un mini-aleph borgiano donde ha confluido en un mismo punto aquello que es innombrable y que en su conjunto, ahora sí, podemos llamar arte.

Hace poco el guión de Towne fue elegido por la asociación de guionistas americanos el mejor guión que se haya escrito. Y desde luego es uno de los guiones más ejemplificantes de cómo se construye una historia para el cine, lo citan los mejores autores de manuales para guionistas, los profesores de guion… Es sin duda una pieza inmensa, repleta de emoción, atento a las singularidades, a las bajezas y virtudes de sus personajes, un guion rico, que fluye maravillosamente, que bebe de las mejores fuentes del cine negro, como El sueño eterno, pero que se lía lo justo y se desenreda con elegancia. De Polanski, qué podemos decir que no se haya dicho (o que sí se haya dicho, como dirían Les Luthiers), un tipo nacido para rodar, un animal de cine porque posee lo que hay que poseer para tener identidad en este mundo tan abarrotado de directores: Mirada. Una mirada que sobrevuela las imposiciones del género, que está presente a pesar de los reconocibles clichés, de las estructuras que pudieran encorsetarlo y no lo hacen.

Y de Robert Evans sólo voy a decir una cosa: vean El chico que conquistó Hollywood, un excelente documental que retrata a un personaje de lo más curioso en el panorama hollywoodiense de los setenta, ya de por sí curioso en sí mismo. Un tipo que nunca pensó en convertirse en productor pero la suerte le puso en ese camino, una suerte que lo elevó a los altares y que lo pisoteó hasta enterrarlo en los infiernos. Un hombre cuya inteligencia empezaba por cuestionar su propio talento y rodearse del talento ajeno. Y cuando lo encontraba, luchaba por éste contra todos los titanes que se le pusieran en el camino. Un productor que el paso del tiempo ha demostrado que era un visionario.

No sé qué ocurría en los setenta en Estados Unidos, pero hay un puñado de películas enormes que figuran entre las mejores películas que he podido ver. Películas que nunca olvido, que siempre están presentes para mí. Entre ellas, Chinatown.

 

 

 

Alberto García

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