Guy de Maupassant, el desorden del lado oscuro

Guy Maupassant“Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad”.

Cruzó el límite de la cordura, la delgada línea que advierte a los escritores de que más allá el mundo se rige por otras normas, más cercanas a la ficción que a la realidad. Y así fue como Maupassant se quedó encerrado en una de las tantas pesadillas que él mismo había creado.

Era un joven prometedor. Un muchacho nacido en el entorno de la aristocracia francesa del siglo XIX, con tan buena fortuna que fue el propio Flaubert el que le animó a adentrarse en el mundo de la creación literaria. Nadie podía pronosticar al comienzo de su carrera literaria que acabaría sus días en la clínica parisina del Doctor Blanche, tras varios intentos de suicidio.

Maupassant es uno de los escritores de cuentos más importantes de la literatura francesa. Sus creaciones, que evolucionaron desde el pesimismo y el desencanto con la clase burguesa de la época hacia lo más oscuro del alma humana, han sido comparados en numerosas ocasiones con las del estadounidense Edgard Allan Poe. Y es que Maupassant escribió más de 300 relatos y cuentos que no tardaron en darle notoriedad entre los más famosos escritores de la época: Émile Zola, Henry James o Ivan Turgenev formaban parte del círculo de literatos en el que Flaubert había introducido a su ‘protegido’.

Trabajó como funcionario en París, pero con escaso interés por su trabajo e implicándose más en dos de sus grandes aficiones: conquistar a las parisinas y escribir artículos de crítica social en varios periódicos de la ciudad, con el pseudónimo de Guy de Valmont. Fue uno de esos escritores cuyas experiencias vitales estuvieron estrechamente ligadas a su producción literaria. Tan extraordinariamente unidas que Maupassant no tardó en darse cuenta de que algo le estaba sucediendo. “Mis ideas, lo sé, no son como las del resto de la gente. Pero sé que no debo cambiarlas”.

La locura y las alucinaciones provocadas por ésta se transformaron en el tema principal de sus escritos. Atrás quedaba ya esa etapa en la que hablaba de la mediocridad de la pequeña burguesía o de la inoperancia de los funcionarios. Maupassant había encontrado un nuevo terreno que explorar: un territorio mucho más atrayente que el mundo real, pero infinitamente más peligroso. En muchas ocasiones, sus relatos estaban escritos en primera persona o hacía que los personajes que lo protagonizaban lo llamaran por su nombre, invitándole a formar parte de su propia fantasía. Cuando en 1887 publica El Horla, uno de sus relatos más famosos, ya se dejan entrever algunos de los síntomas de su inminente locura.

El pánico y la demencia comienzan a apoderarse del escritor, que el 1 de enero de 1892 intenta suicidarse. Sería sólo el primero de otros cuatro intentos en los que Maupassant utilizaría una navaja de afeitar para degollarse. Enfermo de sífilis y destruido por sus propias paranoias, ingresa en ella clínica parisina del Doctor Blanche, donde fallece apenas un año después de su internamiento. Y el 6 de julio de 1893, a los 43 años de edad, su cuerpo recibe sepultura en el cementerio de Montparnasse.

 

 

 

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