Gru, mi villano favorito

Gru, mi villano favoritoEn tiempos como éstos en que a uno le entran dudas de si entrar o no a una sala de cine porque esto supone un pequeño desequilibrio en nuestras finanzas sin saber si ese pequeño esfuerzo será recompensado, hay una apuesta con grandes posibilidades de producirnos satisfacción: entrar a ver una película de animación.

Ya he dicho en otra ocasión que yo, como miles de padres, tengo la excusa perfecta para ir a ver una película “de dibujos” (como así las llamábamos en nuestra infancia): llevar a mi hijo a verla. Es perfecto. Se cumplen los deseos de toda la familia y encima, uno sale contento y con buen rollo antes de caer de nuevo en la insegura y azarosa vida de fuera.

Gru, mi villano favorito es otra más de esa serie de películas de animación que en los últimos tiempos nos ofrecen un espectáculo divertido, hermoso y pleno de sentido. En este caso, además, se trata de una película realmente para toda la familia, no una película a la que llevamos a los niños y éstos no se enteran de la mitad porque contienen una serie de claves que los pequeños por su corta experiencia vital no tienen herramientas para decodificar. No tengo nada en contra de esas películas, de hecho me parecería bien una apuesta radical por películas de animación sólo para adultos. Simplemente Gru no entra dentro de esa línea, es una película para niños y para mayores. Lo cual (satisfacer a ambos) probablemente sea mucho más complicado.

En Gru, mi villano favorito, no hay nada que haga prever que pase la película a formar parte de la historia del cine de forma destacada, como si parece que fuera el caso de Up o, para muchos, de El viaje de Chihiro. Pero esto es algo que sólo dirá el tiempo, porque quién podía presagiar que películas tan aparentemente sencillas como Kramer contra Kramer o Casablanca pudieran desafiar de forma tan notable el paso del tiempo con argumentos tan sencillos y claramente populares.

También he hablado en alguna otra ocasión de mi admiración por el talento, el don, el “duende” que tienen los norteamericanos para la narrativa cinematográfica. Nos gusta criticar el cine yanqui de forma general sin miramientos porque eso nos hace parecer más progres y más intelectuales pero la realidad es que la sabiduría con la que los “yanquis” construyen muchos de sus guiones han creado una escuela en Europa y probablemente en el resto del mundo. No han inventado nada, probablemente, pero tampoco lo hizo Aristóteles con su Poética, uno de los libros capitales usados como materia de enseñanza en las escuelas de guión y que se centra en analizar la técnica de los dramas escritos por los antiguos griegos para desarrollar sus obras. Los americanos, por su parte, tengo la impresión de que, desprejuiciados del rollo intelectualoide europeísta logran empatizar de una forma más inteligente con las emociones de gran parte de la población y logran así descubrir los conceptos básicos que mueven nuestras emociones y que logran poner en práctica sin manipularnos como marionetas.

Qué fantástica idea: el tipo que quiere ser a toda costa el peor de los villanos y que para ello se sirve de un estrafalario científico, de tres niñas inocentes y de un ejército de muñegotes amarillos a los que dan ganas de abrazar… o de morder.

En un mundo tan asqueroso que ofrece datos como el de que la FAO (organismo de la ONU para erradicar el hambre en el mundo) tiene en diez años el mismo presupuesto que el gasto militar del mundo en un solo día, vale la pena meterse una hora y media en una sala de cine y echarte unas risas en compañía de Gru. Al menos a mí me vale. Llámenme desalmado.

 

 

 

Alberto García

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