Funny people

Funny PeopleAlberto García

El diálogo es uno de los grandes recursos de la comedia. Se trata de un vehículo que te conduce por la ciudad que es la trama pero como todo vehículo puede ayudar a apreciar el entorno. Puede tener los cristales tintados, puede tener asientos incómodos o puede ser descapotable y hacerte sentir el viento de la historia.

Harto como estoy de cineastas que creen estar innovando algo en las viejas reglas del lenguaje audiovisual o de los que se conforman con contar bien una historia, harto de los que utilizan la denuncia social como eje temático de sus propuestas sin tan siquiera haber atisbado lo que significa padecer un verdadero drama, harto de cantinelas y meapilas varios, me da un enorme gustazo encontrarme con una película de verdad. Estaba empezando a creer que ya no se iba a hacer más buen cine. Y me llegó Funny people.

Funny people es la última película de Jude Apatow y es la historia de un celebérrimo cómico norteamericano que a pesar de tenerlo todo en lo que a bienes materiales, éxito y alabanzas se refiere, se siente absolutamente solo. Siento profundamente la enorme honestidad de esta película que, como gran comedia que es, es un gran drama. Una de sus principales bazas para mostrarnos la realidad de sus protagonistas es el diálogo. El diálogo es una herramienta tan increíblemente misteriosa que creo que nos podría llevar enormes tomos ensayísticos hablar de todas sus peculiaridades. En Funny people se utiliza de varias maneras, todas ellas respetables e interesantes.

Como ya sabrán todos los que han visto en acción al doctor House (yo hace tiempo que no lo visito, ahora estoy metido en una isla enigmática con Sawyer y Jack y algunos otros), éste dice que nadie cuenta la verdad, que todo el mundo miente. Pues bien, si como guionista Jude Apatow hubiese optado por esta vía de forma manifiesta eso no habría significado más que un truco anecdótico. Lo que ocurre aquí es que algunos personajes de esta historia no tienen ni idea de quiénes son, no saben muy bien de lo que hablan o simplemente se mienten a sí mismos. Así que el espectador cuando la película ha concluido empieza a percibir (por lo menos en mi caso) lenta y claramente qué es lo que ha ocurrido en aquellas dos horas de metraje. Aquel al que creíamos un cretino esconde a un tipo sincero consigo mismo y honesto y afable, aquel que creíamos que se colocaba más cerca de la verdad consigo mismo a medida que la historia avanzaba, descubres que en realidad se hundía cada vez más en su propio engaño.

Esta es una película realista. Sé que decir esto puede sonar un tanto trillado, parco o fuera de lugar. Se suele aplicar este término a toda aquella historia que verse sobre una realidad social amarga o de una cotidianeidad austera, sobre gente que pueda encontrarse en nuestro barrio. Pero es un error. Ser realista en cine implica plasmar la auténtica dimensión de la condición humana o al menos haber sido capaz de asomarse a ella, de auscultarla. Derroquemos el viejo sentido de ese término que está entrando en decadencia. Blade runner también es una película realista.

La sutileza con la que se desarrolla la acción interna de Funny people es obra de un cirujano posmoderno en el mejor de los sentidos. Un tipo capaz de retratarnos, de conducirnos sin aspavientos ni efectismos por un paisaje que podría ser el nuestro. Y todo mediante el buen gusto que destila toda gran comedia, que es el mejor envoltorio posible para desencajar este entramado social y contemplar la posibilidad de volver a montar (esta vez bien) ese puzzle disparatado que conforma nuestra sociedad.

Y, además, los chistes son cojonudos.

 

Alberto García

 

 

 

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