‘Frankenweenie’

FrankenweenieRescatando a los clásicos.

Y finalmente, llegó Frankenweenie… La cinta se hizo de esperar en mi sala de cine habitual, obligándome desviar mi interés hacia otras dos películas de esas que casi no sirven ni de pretexto para comer palomitas. Pero tras un par de tentativas, la película por fin apareció en cartelera y la espera mereció la pena.

Supongo que sigue habiendo películas de animación de Tim Burton que me gustan más y que, si tuviera que elegir, me decantaría más por Pesadilla antes de Navidad. Fuera del ámbito de la animación, las últimas películas del cineasta californiano tampoco han sido de mis favoritas. Pero irremediablemente hay algo en todos sus trabajos que, por una razón o por otra, siempre acaba siendo inquietante y cautivador.

Tim Burton me tiene ganada y harían falta muchas películas insulsas para que perdiera la ilusión que me produce saber que hay un trabajo suyo en cartelera. Con Frankenweenie ha pasado lo mismo que en ocasiones anteriores, con la salvedad de que esta vez, además, me he ido plenamente satisfecha. Bueno, casi del todo.

La película rinde tributo al cine clásico de terror, tanto en la estética como en el argumento, siendo la primera la parte más destacada de la cinta. La ambientación de Frankenweenie es asombrosa: el dramatismo incuestionable de las películas en blanco y negro hace que hasta los muñecos de látex, arcilla y plastilina -maquillados con un impecable trabajo 3D- cobren vida y sean capaces de transmitir sentimientos muy por encima de los de muchos actores de carne y hueso. Con un listón tan alto, lo que se les podría exigir es un poco más de profundidad en cuanto a la complejidad de sus personalidades. Y es que los personajes solo son graciosos, excéntricos o terroríficos, pero todos se quedan en la superficie de la historia y, en este sentido, creo que podrían haber sido mejor ‘exprimidos’, más allá del plano estético, en el que resulta imposible poner pegas.

Entre el elenco de personajes, reluce la figura del profesor de ciencias que parece ser la resurrección en muñeco de Vincent Price. Su discurso en uno de los momentos de la película es una de las intervenciones más divertidas de un guión que sabe manejar al espectador con recursos ‘facilitos’ pero que no dejan de cumplir su función tanto cuando tienen que arrancar una sonrisa como cuando nos dejan sujetando con fuerza el reposabrazos de la butaca.

Quien tampoco decepciona -y dudo que lo haga nunca- es la inseparable ‘voz’ de Tim Burton, el compositor Danny Elfman, que debe de haber disfrutado como un enano poniéndole música a una película que echa raíces en el terreno siempre fértil de los grandes clásicos.

Solo tengo algo que objetar: el final. Pero como no voy a revelarlo en estas líneas, tendrán que darme ustedes su opinión.

Celina Ranz Santana

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