Francisco de Quevedo, la elegancia de la provocación

Quevedo“Todos los que parecen estúpidos, lo son, y además lo son la mitad de los que no lo parecen”

Su origen aristocrático no supuso una traba para que este controvertido escritor acostumbrara a transitar por los callejones más inhóspitos del Madrid del comienzos del siglo XVII. Se cuenta que en una de aquellas noches Quevedo se enfrentó a ciegas a una feroz pantera.

Rodeado de nobles y aristócratas, Francisco de Quevedo y Villegas pasó su infancia junto a sus cinco hermanos en el ambiente de la Corte. Sus padres murieron cuando aún era un niño, por lo que a la edad de seis años ingresó en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, donde recibió una educación a la altura de la nobleza de la época. Aquello le permitió introducirse muy temprano en el mundo de la literatura, haciendo sus primeras incursiones en el ámbito de la poesía y posteriormente en el de la prosa, y dejando que sus composiciones circularan, a modo de juego, por las esferas de la aristocracia.

Pero Quevedo tenía un carácter muy particular. Probablemente la leve cojera que padecía -debido a una deformación en los pies-, así como la exagerada miopía que le obligaba a llevar anteojos -unos lentes de montura circular que se popularizaron con el nombre de “quevedos” por ser los que aparecen en los retratos del escritor- forjaron una personalidad en cierto modo insegura que Quevedo maquillaba en sus textos arremetiendo contra el mundo y la hipocresía.

Es famosa la enemistad que se fue forjando con el poeta Luis de Góngora, al que comenzó parodiando en poemas firmados con seudónimo para luego declararle directamente una “guerra” desde lo personal hacia lo literario, llena de ingenio y descaro.

A pesar de los sonados escándalos que provoca con cada una de sus sátiras, Quevedo permanecerá siempre muy vinculado a la Corte de Madrid, donde entabla amistad con el Gran Duque de Osuna, al que acompañará en numerosos viajes por Francia e Italia, muchos de ellos presuntamente relacionados con misiones de espionaje que al parecer le valieron al escritor la concesión del hábito de la Orden de Santiago, pero también su destierro con la caída del Gran Duque en 1620. Quevedo fue enviado a la Torre de Juan Abad, en Ciudad Real. A solas con su conciencia, Quevedo escribe algunas de sus mejores composiciones y se decanta por una nueva filosofía de vida: la doctrina estoica, esto es, el alcance de la plenitud a través de la razón y la virtud y no mediante las comodidades materiales.

Con la llegada al trono de Felipe IV, Quevedo regresa al mundo de la política, pero también inicia su carrera hacia el declive personal, frecuentando tabernas y protagonizando enfrentamientos de borrachos, como señalaría Góngora. Se cuenta que en una de esas noches el escritor transitaba por un oscuro callejón de Madrid cuando escucha cierto alboroto y decide empuñar su espada y ponerse en guardia. A sus espaldas es capaz de percibir los pasos de alguien que se acerca sigilosamente, pero la oscuridad del callejón le impide ver con claridad a qué está a punto de enfrentarse. Y tras blandir al aire su espada en numerosas ocasiones, reconoce la silueta de un cuerpo sobre el que lanza la estocada mortal. La víctima resultó ser nada más y nada menos que una pantera salvaje que se había escapado hacía ya tiempo de la residencia de un embajador.

Este episodio, que tal vez tenga más de anecdótico que de real, refleja que los temores de Quevedo no eran infundados y que su literatura le había valido numerosos enemigos a los que el escritor estaba convencido de poder toparse durante un ataque nocturno. Por fortuna, sus detractores -que no eran pocos- no llegaron hasta este punto. Quevedo fallece en el convento de los padres Dominicos de Villanueva de los Infantes, lugar al que se retira, ya muy enfermo, después de haber pasado cuatro años retenido en el Convento de San Marcos en León por denunciar la política del Conde Duque de Olivares. Su tumba fue profanada días después para robarle unas espuelas de oro. En 2009 el cuerpo de Quevedo fue identificado en la cripta de Santo Tomás de la iglesia de San Andrés Apóstol de Villanueva de los infantes.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.