Fernando Pessoa, la vida de otro

Fernando Pessoa“Entre la vida y yo hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla”.

Su obra es una de las más originales de la literatura portuguesa, pero sería difícil saber a quién atribuirle las brillantes reflexiones que lo han hecho pasar a la historia. Y es que Fernando Pessoa, el escritor, fue a su vez otros muchos personajes a través de los cuales logró plasmar los conflictos de sus diferentes personalidades en una obra experimental y metafísica.

Nació en Lisboa, aunque su infancia y juventud las pasó en la República de Sudáfrica, país en el que iniciaría estudios de Derecho. Su carrera literaria despegaría tras el regreso definitivo a Portugal, llevándose de Sudáfrica unos años de estricta educación británica que le permitirían desarrollar con posterioridad su carrera como traductor. Es en su país natal donde entrará en contacto con importantes figuras de la literatura, aunque siempre manteniendo una actitud distante, característica en muchos de sus personajes.

Realmente la existencia de este escritor nunca se caracterizó por una especial intensidad, por la aventura o los viajes. Pessoa escribía sobre lo que conocía y sobre lo que le gustaría conocer, sumido en una monotonía y una rutina que supo transformar en verdades universales.

Trabajó como traductor y tuvo una vida discreta, haciendo algunas incursiones en el ámbito del periodismo y la publicidad. Y se desdobló en otros yos para tratar, tanto a través de su obra narrativa como poética, los complejos problemas existenciales que marcaron su complejo mundo interior.

Su obra fue abundante y prolífica, pero tal vez la timidez inherente al autor y el ensimismamiento en el que vivía le impidieron sacar a la luz todo lo que escribía, casi de manera compulsiva. Es por eso que gran parte de sus poemas y reflexiones no han salido a la luz hasta después de su muerte, a los 47 años de edad, a causa de las complicaciones asociadas a un problema de cirrosis, provocada probablemente por su adicción al alcohol. En los últimos instantes de su vida, como resurgiendo de entre los cientos de páginas que escribió, pidió sus gafas e invocó a sus heterónimos. Su última frase escrita fue “No sé lo que traerá el mañana”.

 

 

 

 

 

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