Factoría de ficción

Justin BieberTiene el típico flequillo de ñoño y va maquillado como una puerta para camuflar el improbable vello facial de un aspirante a adolescente que deja sin respiración a las jovencitas de todo el mundo. Creo que nació dentro de una botella de Möet Chandon con la etiqueta de la factoría Disney y el código de caducidad impreso en la nuca. Es Justin Bieber y esta semana lo hemos tenido hasta en la sopa.

Para liberar tensiones, hoy me he propuesto hablar del fenómeno fan. Tal vez esperaban que hablara del paro y de su imparable aumento, pero si ni el presidente del Gobierno habla de ello, por qué iba a hacerlo yo. Me reservo para un momento de mayor enfado, porque el de hoy es sólo un enfado ligero y de fácil digestión. Un enfado sin contraindicaciones ni efectos secundarios, sólo para entretenerse rumiando a la espera de regurgitar otros enfados de mayor importancia.

El objeto de este ‘come come’ es un joven de 16 años llamado Justin Bieber al que durante varios días hemos visto una y otra vez por televisión por eso de sus dos conciertos en España. Resulta que el tal Bieber -al que no he tenido el placer de escuchar cantando pero he visto ya en varias ruedas de prensa, en cada cual más repelente- es un joven músico, cantante y portentoso de la batería, primo hermano de los Jonas Brothers y de Hannah Montana, por eso de que todos fueron paridos por la factoría Disney y convertidos en celebrities preadolescentes. Encumbrado como tantos otros productos de la compañía, Justin Bieber se ha convertido en el nuevo ídolo de los jóvenes con acné y especialmente de las féminas, al igual que los Pokemon fueron en su momento los reyes de los dibujos animados y del merchandising, razón más que suficiente para augurarle un futuro artístico o bien con fecha de caducidad o bien plagado de polémicas. Y es que Bieber ya apunta maneras en esto de las excentricidades de los famosos.

El caso es que su manera de peinarse el flequillo despierta pasiones entre las adolescentes que no han dudado en pasar diez días en la calle haciendo cola para poder ver a su ídolo lo más cerca posible. Han faltado a clase o han mandado a sus padres a pasar varias noches en la calle, metidos en sacos de dormir, y participando de una histeria colectiva que a mí me parece cuanto menos alarmante.

Mientras tanto, Bieber se empeña en escabullirse del abrazo angelical de Disney -como ya lo hiciera su prima Hannah- y se muestra un tanto borde con los medios, creyéndose el rey del mambo, que debe de ser lo primero que ha aprendido a hacer por sí sólo el día que dejó de estudiarse el guión de la factoría de ficción que le dio la vida.

Cualquiera de las chicas que han salido estos últimos días en las noticias nacionales estaría dispuesta a hacerse el harakiri por este personaje de peinado al estilo huevo y mirada de forzada seducción. Y también estaría dispuesta a hacérmelo a mí por lo que acabo de escribir. El caso es que, me guste o no -y no me gusta un pelo- a este tipo se le ha estado anunciando descaradamente a bombo y platillo en los informativos nacionales de todas las cadenas durante los últimos días. Así, si Belén Esteban es el modelo a seguir por las jóvenes veinteañeras que nunca han dado -ni tienen pretensión de dar- un palo al agua, las seguidoras de este moñas parecen haber sido presentadas en sociedad en todos los telediarios como el patrón de adolescente con la mente tan vacía como la de esos padres que se han pasado días en la calle para que sus hijas tengan un buen puesto en el concierto.

En este sentido, el ‘fenómeno fan’ es un poco como el germen de un futuro zombie. El anteproyecto de un edificio humano en el que no hay más que andamios porque ya se sabe que se va a quedar para siempre a medio hacer. La estructura de una persona por cuyas ventanas entra y sale el aire, pero incapaz de contener siquiera una bocanada de oxígeno en su interior. Yo también me vuelvo zombie y al final me atrapa el ‘fenómeno fan’, igual que ha atrapado a los medios de comunicación, que algún interés más allá del meramente informativo han tenido que tener para darle tanta publicidad al evento. Y tanto es así que hoy he terminado hablando de Justin Bieber, aún consciente de que el mundo se desmorona a una velocidad sorprendente, como la del flequillo de este muchacho.

Vagabundo Pérez

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