Facebook o el efecto Amélie

Fotograma de la película AmélieEn el año 2001 Jean-Pierre Jeunet estrenaba “El fabuloso destino de Amélie Poulain”, maravillosa película que jugaba con la empatía que generan las cosas que hacemos pero que no decimos, y que al comprobar que otros hacen, nos hacen sentir menos raros, menos solos.

Así Suzanne, que cojea un poco pero nunca derrama nada, a la que le gusta ver a los atletas que lloran por desilusión y no le gusta que un hombre sea humillado en presencia de su hijo, Georgette la cual odia la frase “el fruto de su vientre”,Gina a quien le gusta hacer tronar los huesos de los dedo o Joseph a quien sólo le gusta explotar el papel de burbuja. Años después la Red Social por excelencia, el Facebook, ha jugado con esa misma empatía: El poder del “yo también” rociado con la valentía que produce el mundo virtual. Así nos unimos irremediablemente a grupos que hablan de ir a afilar a la papelera para hablar con los amigos, de mirar el reloj del móvil y al segundo no saber qué hora es, en odios y filias a frases o personas conocidas. Yo podría decir que me gusta el sol de invierno que ya no quema, que no soporto la sal en la espalda, que me gusta el olor de la gasolina. Pero no haría más que venderme en un continuo expositor maravilloso en el que uno debe aparentar ser lo más feliz y raro que pueda. Y es lo que hago. Uno puede colgar fotos de su marcha de la noche anterior, que igual tampoco fue tan espectacular, cuando a la una de la mañana ya estaba en casa cascándosela con el porno de Teidevisión, o puede poner frases maravillosas y reflexionadas y luego en persona no ser capaz de hilar dos palabras seguidas con un sentido lógico. Puedes tener gripe pero no escaneas los mocos y los cuelgas en tu muro. Uno puede ser lo que quiera ser. Y yo me pregunto: ¿Qué es más importante? ¿Ser feliz, o aparentar ser feliz ante el resto?

No creo que se conozca a alguien a través de lo que le gusta o no le gusta. Se le conoce a través del silencio en las palabras que guarda. Pero estar en silencio en el Facebook es como estar muerto. Todo ello me lleva a reflexionar que hay cuatro tipos de personas entre tus amigos agregados al Facebook:

1. Los que no lo usan, tienen la misma foto de perfil desde enero de 2009, y cada vez que ponen algo la fastidian porque acaban escribiendo en su estado cosas muy privadas dirigidas a personas muy concretas. Han hecho con el Facebook lo mismo que con la bicicleta estática que se compraron por navidad. Es decir, nada.

2. Los que “parece que no lo usan” pero están al loro de lo que haces o dices. Así te encuentras con alguien en persona que hace mucho tiempo que no ves y que tampoco conoces tanto pero te dio vergüenza rechazar su solicitud de amistad y te dice: “Me encantó aquella foto en tanga mientras bebías un copetazo”. En ese momento te quieres morir, porque es como si te hubieran visto cagar.

3. Los que lo usan a todas horas, y se lo creen. En su estado ponen cosas de verdad, tienen discusiones de pareja, con amigos, y se lo toman todo muy en serio. Lo mejor es no interactuar mucho con ellos porque saldrás escaldado.

4. Los que se lo toman como un acto de vanidad supremo, y en el que más de la mitad de las cosas son ficción, o representaciones “bonitas” de una realidad un poco más gris. Utilizan la red como un instrumento para estar todo el día maquillado y con tacones. La mandíbula es más cuadrada, la altura mayor, la inteligencia más cocida, el ojo más firme.

 

Me incluyo en el grupo número cuatro, y lo digo sin ningún tipo de pudor. Uso el Facebook para venderme, para marujear, y para acordarme de que quiero a gente a la que no veo. Sí, me sirve para recordarme querer a cierta gente a la que quiero pero que no me acuerdo de quererla.

 

Buscando su fabuloso destino, Ámelie , se topa con una frase que dice: “Sin ti las emociones de hoy no serían más que la piel muerta de las de ayer”. Una pena que los sentimientos en el Facebook estén en un muro y que las cosas ahí sucedan ayer a las 13:45, cuando ya está todo muerto.

Roy Fernández Galán

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