Esta casa también es una ruina

Parlamento de Canarias

El paradigma de la economía doméstica aplicada a la gestión política fracasa allá donde no se aplica

Para mayor inri, en “esta casa” adolecemos de una infraestructura administrativa de alto rango pero baja estofa. Un estado de las autonomías, como el aquí diseñado en su día, con las prisas de los constituyentes de entonces –y su principal preocupación de favorecer a los díscolos– estaba abocado al fracaso.

En primer lugar, por la animalada de un gasto público brutal, solo asumible por un país abundoso en recursos y sobrado de riqueza. Cual no era el caso. Y como consecuencia, todavía más grave, la ineficiencia de las instituciones por mor de una burocracia tercermundista y denigrante, impuesta por la profusión de cargos públicos que cubren, a muy alto coste y en favor del nepotismo, multiplicidad de competencias sobre la mayoría de las áreas de gobierno.

Es aberrante que cada unidad de gestión política  transferida, sufra la presión administrativa de al menos cuatro jurisdicciones que, en lugar de estar nucleadas para unir el interés común, cada una va  a lo suyo como si no se conocieran de nada.  Gobierno central, autonómico, ayuntamientos, cabildos, (diputaciones provinciales en su caso) se ven  “complementados” con organismos anexos y direcciones generales injertadas para cobijo y madriguera (o echaderos) de una pléyade de asesores y técnicos que configuran un entramado orgánico de elevadísimo coste por salarios y emolumentos, que consumen casi al completo las asignaciones presupuestarias de tal Concejalía o cual Consejería, para dejar vacía la caja que debiera dedicarse a proyectos aplicados para el bien común. El “es que no hay dinero para esto” se ha convertido en muletilla habitual para acoger en negativo  reivindicaciones ciudadanas, legítimas y algunas de perentoria necesidad.

Ministerios, consejerías y concejalías utilizan cómodamente la dispersión de responsabilidades para eludir las propias mediante la excusa de que la culpa del fracaso es de otro. No falla: en entrevistas, reportajes o tertulias, cuando el moderador incide en cuestiones comprometidas, es vergonzoso cómo el interpelado siempre escurre el bulto con una magistral dialéctica; cantinela bien ensayada como táctica preconcebida: “No. Es que esa parte no me corresponde. Es competencia de…”.

Sanidad, Educación, Servicios Sociales, Patrimonio Histórico, Infraestructuras, Cultura, Medio Ambiente, Ley de Dependencia… (¿seguimos?…); nada funciona, o funciona mal por el desastre administrativo mal pergeñado para beneficio de unos pocos y desgracia de quienes tenemos que pagar el bien organizado abuso oficial.

Todo ello, sin añadir la corrupción institucionalizada. Porque si a ese respecto apenas asoma la punta del iceberg, debemos sentirnos orgullosos como españoles de la sentencia de Bismarck sobre España: “Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos intentando destruirse y no lo ha conseguido”.

Y ahí parece que seguimos cien años después con el desasosiego de la indefensión ante tanto disparate histórico. Cuando se plantea un problema, hay que proponer soluciones. Pero en este caso parece tan  imposible como un enigma  matemático, (como la irresoluble conjetura de Hodge).

Para colmo, los posibles remedios se presentan como más dañinos que la propia enfermedad: “Una nación de naciones”… Semejante elucubración semántica solo significa que el discurso interesado del autor apenas intenta  satisfacer ambiciones personales. Para nada le interesan los derechos del pueblo soberano al que pretende erróneamente representar. O el presunto estado federal. Imposible en España porque fallaría el concepto básico de simetría entre regiones por la incompatibilidad de los nacionalismos radicales con el principio de solidaridad. Como ahora pero con otra fórmula imposible.

Peor sería que tanta controversia política permitiera medrar fundamentalismos radicales con vocación corrosiva. Aquellos que solo proponen destruirlo todo, sin más contrapartida que “cazar” el poder a cualquier coste. Como ya pasó en su día con los catastróficos resultados que la Historia mantiene vivos.

Una reflexión traumática por falta de luz. Pero es importante saber que estamos a oscuras aunque intenten engañarnos con luciérnagas.

 

Carlos Castañosa

elrincondelbonzo.blogspot.com

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