Escapada a París. Parte 7: la ciudad de las historias mínimas

Torre Eiffel de noche

Celina Ranza Santana

A veces -y especialmente cuando viajo- tengo la sensación de que nos volvemos más absorbentes y que, tanto lo bueno como lo malo, nos afecta de forma diferente. Porque la rutina de los viajes es otra rutina, pero no deja de ser la vida, con otra luz, sobre otro escenario y a veces sin subtítulos.

Hay escenas que no necesitan rótulos explicativos, a pesar de que cada uno de nosotros las interprete a su manera. De todos los días que pasamos en París, no fue el beso de una pareja en un puente sobre el Sena, ni la ciudad iluminada, ni un anciano tomando café solo en un bar ni un vagabundo en una parada de metro, la imagen que más poderosamente se deslizó bajó la piel para crear uno de esos recuerdos del tipo “yo estuve en París y vi…”.

No, la instantánea que me he llevado de aquel viaje no fue la más trascendental del mundo, pero incomprensiblemente se convirtió en la más emotiva. Tal vez porque no tardé en imaginármela como una película y en darle un final -uno feliz, por supuesto-.

Era nuestra última noche en la ciudad y no había un lugar mejor en el que dejar pasar el tiempo que a los pies de la Torre Eiffel. A pesar de que no era fin de semana, la zona estaba bastante animada. La torre estaba iluminada con pequeñas lucecitas de color azul y había gente tumbada en los jardines y paseando. De repente, una chica pasó a mi lado. Me pareció oír que hablaba sola, pero no le presté demasiada atención. Cuando ya casi estábamos bajo la torre, la joven volvió a aparecer. Llevaba una correa de perro en la mano y repetía un nombre que nunca llegué a comprender, pero que sin duda era el del perro que había perdido. Luego la chica se encontró con su novio, que hizo un movimiento con la cabeza para dar a entender que tampoco lo había encontrado y ella rompió a llorar. Igual parece una estupidez, pero me pareció una escena muy cinematográfica y conmovedora. Durante todo el trayecto de vuelta al hotel estuve pensando en aquella chica, desolada, con las lágrimas escurriéndosele por las mejillas mientras sujetaba aquella correa de perro, mirando alrededor y sin resignarse a admitir que la pérdida había sido algo definitivo. Por eso, en mi historia, quise creer que el perro apareció. Que uno de aquellos paseantes de gabardina negra lo había encontrado junto a su coche después de haber visto a la chica llorando bajo la Torre Eiffel iluminada, y que se lo había llevado hasta allí. Porque puestos a inventar finales para las historias que de alguna manera se han colado bajo la piel, mejor si son finales felices.Mercado de Mouffetard

El último día en París también estuvo lleno de pequeñas postales de ciudad y sacar fotos a aquellos rincones era como sacar una bola de chocolate de una bolsa e intentar adivinar de qué color iba a estar recubierta: te puedes encontrar cualquier cosa. Por eso las fotos de nuestro último día en París, -que comenzó con una vuelta por el cementerio de Montparnasse, donde visitamos las tumbas de Samuel Beckett, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Julio Cortázar, y finalizó en el mercado de Mouffetard, en el corazón del Barrio Latino- consiguieron detener la ciudad en escenas con diferente luz, argumento y desenlace. Y es que sólo cuando estás a punto de abandonar un lugar -quién sabe hasta cuando- te das cuenta de que en realidad todas las ciudades son un collage de historias. Algunas muy grandes, como la de María Antonieta intentando huir de Versalles. Y otras mínimas, como la del anciano tomando café solo, la pareja besándose en un puente sobre el Sena o la joven que no dejó de llorar hasta que un desconocido le entregó al perro que había perdido, una noche cualquiera, en la ciudad de la luz.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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