Escapada a París. Parte 6: el incidente del pintor chalado

MontmartreCelina Ranz Santana

Apareció de detrás de un cuadro, como si la figura dentro del lienzo hubiera cobrado vida y se hubiera transformado en un pintor tarado en el Montmartre. Y supongo que me recriminaba el haber obrado aquel hechizo con mi cámara de fotos, aunque lo cierto es que él no era el protagonista de mis fotografías, pero sí del mal humor que me acompañaría durante buena parte de la mañana.

Pocas cosas me fastidian tanto como que un hecho puntual pueda hacer que una mañana que prometía ser perfecta se convierta sólo en una buena mañana. El lunes tocaba hacer turismo por el Montmartre y Pigalle, y recorrer parte de los escenarios de la película Amelie.

Así que después de comprar el desayuno, nos sentamos a comer en un parque y luego cogimos el metro hasta la estación de Abbesses. Descubrimos demasiado tarde por qué todo el mundo había hecho cola para coger el ascensor. Y es que para llegar a la superficie a pie había que ir subiendo por unas escaleras que no hacían más que dar vueltas y más vueltas… Una vez arriba, nos encontramos con la típica escena de una mañana parisina: un hombre tocando el violín a la entrada del metro, gente caminando con barras de pan, turistas mirando el mapa en las esquinas, ancianos leyendo el periódico en una terraza mientras toman una taza de café…

No hacía falta ir a los puntos claves de la película para sentir el ambiente parisino en cada una de las estrechas y desordenadas callejuelas que componen la parte alta de la ciudad. Pero cumplimos con el ritual y pasamos por delante de la cafetería en la que trabajaba Amelie -Les Deux Moulins, en la Rue Lepic- y por la frutería en la que la protagonista compraba ciruelas para hacer su pastel -Épicerie Collignon, en Rue des trois freres-, que por ser lunes, estaba cerrada.

Recorriendo el Boulevard de Clichy hasta la plaza de Pigalle, vimos otros lugares representativos de la ciudad -como el Moulin Rouge- y las decenas de tiendas eróticas, videoclubs, saunas, cabinas… y el resto del imperio del sexo y erotismo que se erige en esta particular zona de la ciudad. Finalmente, nos decidimos a subir hasta la zona de la plaza de Tertre, más conocida como la ‘Plaza de los pintores’, en la que se congregan en igual cantidad, pintores -buenos y mediocres-, turistas, comerciantes y curiosos. No sé a cuál de los grupos pertenecíamos. Tal vez a una subdivisión dentro del de ‘Turistas’ en el que se encasilla a los que no compran souvenirs, no se toman un café a cuatro euros y no se dejan retratar en plena vía pública. Así que lo único que nos quedaba por hacer para admirar lo pintoresco de aquel panorama -y nunca mejor dicho-, era sacar fotografías más o menos selectivas de esos detalles que se suelen escapar al ojo humano pero no al objetivo de una cámara. Cierto es que me entretuve fotografiando manos, pinturas, pinceles o ambiente en general, pero la aparición de aquel pintor tarado saliendo de detrás de unos lienzos y en actitud poco amable, me pareció un despropósito.

Por lo que pude entender, el tipo me decía que por qué lo estaba persiguiendo para sacarle fotos, que él estaba trabajando. Lo único que se me ocurrió decirle en aquel momento de tensión que desde había trastocado toda la mañana, es que no tenía ni una sola foto suya. Tal vez debí haberle enseñado mis fotos, para que se le bajaran un poco los humos. O quizás le debería haber soltado una retahíla en español como la que él me acababa de soltar en francés. Pero veces las cosas inverosímiles nos pillan por sorpresa y da rabia no saber reaccionar correctamente hasta unos minutos después, cuando ya no tiene sentido.

Me enfadé más por mi falta de agilidad que por el comentario insolente de aquel pintor, pero me consolé pensando en que hay ‘artistas’ que, a falta de talento, van sobrados de excentricidad y soberbia.Sagrado Corazón

En el Sacré Coeur -a escasos metros de la plaza- ya se me empezó a pasar el enfado. Las vistas desde esta zona de la ciudad eran espectaculares y ademá, dos músicos callejeros amenizaban la jornada tocando canciones de Tracy Chapman. Desde la plaza de la iglesia hacia la zona baja, donde volveríamos a coger el metro, fuimos asaltados por vendedores ambulantes y trileros a los que se les veía a la legua que se traían entre manos negocios poco limpios. De hecho, daban un cante que rozaba el ridículo: parecía que el trilero en cuestión, la madre, la hermana, el cuñado y un primo habían ido a echar la mañana a aquella calle a ver si picaba algún turista tonto en aquel juego de pseudoazar.

Desde Montmartre tomamos el metro hasta Notre Dame, porque aún no la habíamos visto por dentro. Era un buen día para visitar la catedral ya que no había demasiadas colas y se podían ver con más calma las vidrieras. Mientras tanto, muchos turistas se entretenían en sacar medallones grabados de una máquina expendedora: la tecnología de las iglesias no deja de sorprenderme.

Luego nos perdimos en dirección a la plaza de la Bastilla y atravesamos una de las zonas más chic de París hasta llegar a Pantheon, donde nos llevamos un chasco porque había que pagar ocho euros de entrada y el presupuesto ya no nos llegaba. Para superar el ‘trauma’ nos comimos un helado y bajamos hasta los Jardines de Luxemburgo -por tercera vez durante el viaje- a dejar que nuestra última tarde en París transcurriera a la velocidad del sol poniéndose sobre los tejados de la ciudad. Y cuando los guardas volvieron a anunciar el cierre de parque con sus silbatos, nos dirigimos hacia la salida oeste, con el propósito de visitar por última vez la Torre Eiffel.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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