Escapada a París. Parte 5: arte y sustos

Museo LouvreCelina Ranz Santana

La jornada del domingo empezó relativamente temprano y a eso de las 9.30 ya estábamos en la puerta del Louvre dispuestos a ‘armarnos’ con el material indispensable para recorrer un museo de estas características. Antes de empezar el recorrido por el interior ya nos habíamos cansado de recorrer las enormes distancias entre las taquillas, el guardarropa y el stand de las audioguías.

Seis horas estuvimos pateando las salas de este impresionante templo del arte en pleno corazón de París, ¡y eso que no somos unos expertos!. Pero el Louvre impresiona, entiendas o no de cuadros y esculturas. Eso sí, hay que ir con los sentidos bien alerta y es imprescindible huir de los grupos que únicamente van a la caza de las ‘grandes obras’. Con estas dos premisas bien asimiladas, el resultado fue muy satisfactorio, si bien ni siquiera seis horas son suficientes para recorrer con calma el museo.

Las audioguías fueron la mejor inversión del viaje. No imagino lo aburrida que hubiera sido la visita sin una explicación tan amena como la que nos ofrecían aquellos aparatos en los que, además, tenias un plano interactivo con la ruta, los puntos de interés y hasta una reproducción de la obra en cuestión, por si te perdías -cosa que nos pasó como era de esperar-. Todo ello ‘amenizado’ con un fondo musical que hacía más llevaderas las aglomeraciones de ‘curiosos’ en según qué puntos. Afortunadamente, entramos temprano al museo e hicimos la ruta de los ‘imprescindibles’ –Venus de Milo, Mona Lisa y La victoria de Samotracia– antes de que llegara la marabunta. Los imprescindibles no dejan de ser eso, ‘imprescindibles’. Y es que después de un largo debate con Javi, logró convencerme de que las obras de arte adquieren gran parte de su valor por el simple hecho del valor que se les quiere dar. Y, desde luego, había muchísimas otras obras dignas de aquella distinción.

Seis horas dan para discutir sobre esto y muchos otros temas, como por ejemplo, por qué la gente es tan maleducada especialmente en lugares de ‘embotellamiento humano’. Y también dan para pasear, recorrer seis veces la misma galería de punta a punta porque no sabíamos en qué extremo continuaba el recorrido -así que vimos hasta siete veces la Mona Lisa-, regresar al stand de las audioguías -a la entrada del museo- porque una de ellas se nos fastidió, comernos un trozo de chocolate a escondidas en los apartamentos de Napoleón -porque, a pesar de la prohibición, el cuerpo nos demandaba azúcar-, o recorrer la historia de Egipto a la velocidad de la luz porque un amigo nos estaba esperando fuera del museo.

En la plaza de la pirámide de cristal -que, como ya he dicho en otras ocasiones, me parece una aberración-, nos esperaba mi amigo Matías, un viajero experimentado que nos estuvo hablando acerca de su experiencia parisina, ciudad en la que había estado viviendo durante los últimos meses, así como de su vida en Qatar o su viaje al Tibet. Como siempre, después de hablar con Matías nos quedamos con ganas de hacer ‘el viaje de nuestras vidas’ y dedicarnos a recorrer el mundo y a nada más. Pero el regreso al hotel nos devolvió a la normalidad.

Para empezar, al bajar a la estación de metro vimos a un montón de indigentes preparándose para pasar la noche en los asientos del andén. Por lo que ya habíamos podido comprobar, aquella era una imagen bastante común en el metro de París a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde. Pero en esta ocasión nos sorprendió más que nunca. Había un indigente recostado al lado de sus propios excrementos y la gente pasaba por delante, subía y bajaba de los vagones como si no pasara nada. Es probable que nos hayamos desentendido tanto de lo que sucede a nuestro alrededor, de lo que nada tiene que ver con nosotros, que hayamos perdido incluso la capacidad de ver. Pero una cosa es no ofrecer una respuesta directa a situaciones de este tipo y otra muy distinta es no tenerse siquiera a pensar en lo que está sucediendo. En cualquier caso, no sé cuál de las dos posturas es peor.

En el vagón del tren íbamos en silencio, ese silencio que a veces suscitan este tipo de impresiones y que, sin darte cuenta, te han llevado al terreno Estación de metro de París, Abbessesde una profunda meditación acerca de lo que significa ser humanos. Pero poco duraron aquellos pensamientos porque un nuevo incidente nos sacó de golpe de esas meditaciones. Las puertas del vagón ya se estaban cerrando cuando un tipo en el andén levantó el brazo y lanzo su puño cerrado contra las dos hojas de la puerta. La mano se quedó atrapada justo cuando el metro estaba a punto de reiniciar la marcha, pero al tipo no parecía preocuparle en absoluto, y tampoco a muchos de los presentes ya que sólo nos levantamos Javi, otro pasajero y yo. Tiramos de las hojas de la puerta intentando abrirlas por la fuerza ya que la palanca de apertura no funcionaba. Por suerte, el conductor se había percatado ya de la situación y el tren no había comenzado a andar. Nos costó abrir las puertas para desenganchar al hombre, pero al fina lo conseguimos. Éste, que resultó ir bastante más borracho de lo que pensábamos, hizo amago de darnos las gracias y tomó asiento tranquilamente. Nosotros nos bajamos en la siguiente estación con el corazón bombeando a ritmo de reaggeton. El ritmo de las grandes ciudades en las que todos miran pero nadie ve.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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