Escapada a París. Parte 4: la ciudad de los muertos

CatacumbasCelina Ranz Santana

Habrá quien piense todavía que París es la ciudad de la luz y del amor… Esto sólo es una verdad a medias. Y es que su romanticismo también está en la melancólica quietud de algunos rincones que, ajenos al ajetreo de las grandes avenidas, bombean sangre hacia el interior de la tierra. Hacia esa parte de todas las ciudades que se alimenta del recuerdo para conservar una porción de vida a pesar de ya estar muerta.

El sábado me puse triste. Era una tristeza más propia de tarde de domingo, pero a veces el calendario se trastoca y me da uno de estos ataques de nostalgia. París seguía ejerciendo en mí el efecto contradictorio de las grandes ciudades con encanto en las que uno no sabe si se siente extranjero o sencillamente extraño. Fue muy acertado escoger para un día así las visitas más ‘oscuras’, que casi siempre son las que más atractivas nos resultan.

Por la mañana y después de comernos unos bollos recién hechos en una pastelería que nos pillaba de camino, llegamos hasta la entrada de las Catacumbas, donde tuvimos que hacer una media hora de cola para poder entrar. No sé por qué motivo encontramos encanto a meternos debajo de las ciudades. Supongo que en cierto modo es como jugar al escondite con desconocidos y a Javi le gusta especialmente tener la posibilidad de hacer una visita en la que poder dar algún que otro susto -aunque a veces los sustos se los lleva él, por listo-.

Descendimos más de 130 escalones y llegamos a una altura que se situaba por debajo de la red de alcantarillado y por debajo también de las líneas de metro. El primer tramo de recorrido transcurre entre pasadizos laberínticos con entradas tapiadas para que el visitante no se pierda, que menuda gracia debe de hacer perder la orientación en un sitio tan lúgubre en el que se presiente la presencia de la muerte de una manera un poco tétrica. Hay que caminar alrededor de 20 minutos -digamos que a un ritmo de susto por minuto, que es lo que viene manejando Javi en este tipo de visitas- hasta llegar a una entrada con una inscripción en la parte superior en la que se advierte: Arrete! C’est ici l’empire de la mort. (Y susto de Javi).

A partir de este punto continúa la extensa red de túneles subterráneos pero las paredes ya no serán de piedra caliza o cemento, sino de huesos. En realidad, la catacumbas fueron en origen unas minas romanas de las que durante muchos siglos se siguió extrayendo piedra caliza hasta que la ciudad empezó a ‘hundirse’. Finalizada la explotación minera en la zona, se utilizo este espacio para millones de huesos que habían empezado a desbordar los cementerios de la ciudad. Y durante la II Guerra Mundial incluso llegó a ser un búnker militar, dadas las propiedades del complejo sistema de túneles subterráneos. Se calcula que los restos de más de seis millones de parisienses descansan en estas galerías en la que lo huesos se ordenan creando una especie de ‘arte de la muerte’ espeluznantemente atractiva.

Como Javi se había cansado ya de asustarme, se dedicó a asustar a un niño que visitaba el lugar con sus padres -un lugar idílico para un niño. No me quiero imaginar los ‘dulces’ sueños que tendría esa noche- y que, por lo enteradillo que era, sí que se merecía un pequeño escarmiento.

A la salida del recinto unos vigilantes nos pidieron que abriéramos la mochila -será por si nos llevábamos un souvenir del lugar, para hacer una sopa, porCementerio Père-Lachaise ejemplo- y luego hicieron una pequeña broma con “español… Rafael…” que Javi interpretó como Raphael -el cantante- cuando realmente se refería a Rafa Nadal. De haber llevado un hueso en la mochila, los vigilante le hubieran dado con él en la cabeza.

Día soleado y toda una tarde por delante para seguir paseando en compañía de la muerte -definitivamente, debería haber sido un plan de domingo-. Según las predicciones meteorológicas que había consultado, iba a llover, pero la verdad es que no tenían ninguna pinta de cumplirse, así que nos decidimos por continuar con los planes al aire libre y, por supuesto, terminamos mojados.

El cementerio de Père-Lachaise es otra ciudad dentro de París así que para recorrerlas repusimos fuerzas comiéndonos un crepe buenísmo en un restaurante turco -cosas más raras se han visto-. Pero para cosa rara, el funcionamiento de la luz del baño: tenías que entrar a oscuras, cerrar la puerta y echar el pestillo -me acabo de dar cuenta de la gracia que tiene esto de echar el ‘pestillo’ cuando se trata de un baño- para que la luz se encendiera automáticamente. Qué tecnología…

Con el estómago contento, nos adentramos en el cementerio, que en cierto modo no deja de ser una visita un tanto frívola, porque uno visita tumbas de celebridades como quien se va a mirar escaparates. Pero Père-Lachaise tiene también ese romanticismo mortuorio que, en cuanto te alejas del ‘circuito comercial’, parece insuflarte cierta dosis de vida -paradójico, dado el lugar en el que no encontrábamos-. Vimos las tumbas de Jim Morrison, Aberlado y Eloísa, Proust, Oscar Wilde… Y otras tantas tumbas cubiertas de maleza, curiosas e incluso con las lápidas rasgadas. Me pareció original que en las tumbas de escritores los visitantes dejaran sus mensajes escritos en tickets de metro o en pedazos de papel. Pero lo de los besos con marcas de Cementerio Père-Lachaisepintalabios me pareció -además de poco higiénico- una horterada que rompía ese nosequé que a una le entra cuando se sabe delante de un escritor importante, aunque sólo sea un pedazo de piedra que en realidad no hace más que constatar su silencio eterno.

No sé cuántas horas pasamos en el cementerio, pero la mayoría del tiempo estuvimos perdidos. Sólo al final encontramos la suficiente orientación como para dirigirnos hacia la salida y justo entonces empezó a llover. Me acordé de la canción de Sabina que dice “yo no quiero París con aguacero”, pero la verdad es que ni la lluvia es capaz de arruinar una tarde de sábado en una ciudad así. De hecho, continuamos el paseo por los Jardines de Luxemburgo, pero la visita duró poco porque en seguida aparecieron los guardias tocando el silbato para anunciar que iban a cerrar las puertas. Regresamos a ‘casa’ caminando por el amplio Boulevard Saint-Michel mientras se hacía de noche y, a pesar del cansancio, los muertos, las tumbas y la lluvia melancólica, nos sentíamos extrañamente empapados de vida.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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