Escapada a París. Parte 3: la venganza de los patos.

Panorámica Jardines de Versalles

Celina Ranz Santana

Los patos son un animal que nunca me llamó demasiado la atención. Parecen haberse quedado a mitad entre los cisnes -que no me caen bien porque son demasiado ‘estirados’- y las ocas -que son más apestosas pero al menos tienen su gracia-. Sin embargo, los patos de Versalles merecen una mención entre las páginas de nuestro viaje por su… ‘particularidad’.

El viernes decidimos ir a Versalles. Cuando digo ‘decidimos’ es que yo ya lo había escrito en mi lista de actividades, sabía el precio del billete, la distancia y la duración del trayecto… Pero como para determinadas cosas soy un poco ‘maniática’, decidimos asegurarnos de que toda aquella información era correcta preguntándole a la recepcionista: nuestra falsa políglota que, una vez más, insistió en que además de español hablaba inglés y portugués, por si no nos había quedado claro el día anterior. En realidad lo que hizo fue darnos un mapa y señalarnos la estación de trenes a la que teníamos que llegar. Y con la misma se retiró, supongo yo que a estudiar otro idioma para seguir añadiendo banderitas en su camisa

Compramos unas cuantas cosas en un supermercado -entre ellas un litro de zumo que nos acompañaría durante prácticamente toda la jornada…- y un par de sandwiches para comerlos relajadamente en el trayecto a Versalles. Llegamos bien a la estación, compramos los billetes correspondientes y subimos en el tren que creímos el apropiado. Y apropiado era… sólo que circulaba en la dirección opuesta a nuestro destino. Cuando nos dimos cuenta, ya habíamos empezado a desayunar y los sandwiches se nos atravesaron un poco… Lo mejor de todo es que una chica oriental nos había estado siguiendo, convencida seguramente de que sabíamos lo que hacíamos, y se le quedaron los ojos como platos cuando de un salto nos bajamos en la estación de París-Austerlitz -sandwich en mano- para dar un rodeo, cambiar de andén y hacer exactamente lo mismo que había hecho nuestra ‘espía’ oriental: seguir a otros. Al menos nosotros tuvimos más suerte y sí acabamos en el tren correcto.

Fue un trayecto agradable, sin vistas demasiado espectaculares y amenizado por un músico de los de ‘versiones-inventadas-de-los-greatest-hits-de-los-hilos-musicales-de-los-bares-de-carretera’. Y ya en Versalles, tras coger los horarios de los trenes de vuelta, únicamente nos dejamos llevar por nuestro instinto hacia la entrada de los jardines.

Hicimos la visita light, la que no incluye la entrada al Palacio y le da prioridad a los paseos al aire libre por lo jardines, al contacto con la naturaleza, a la belleza espontánea de una primavera prematura… Es decir, la visita gratuita. París no es precisamente una ciudad barata y teníamos que ajustar el presupuesto haciendo malabarismos entre dietas y visitas y aunque probablemente el Palacio es precioso por dentro, el entorno tenía también mucho que ofrecer.

¡Y tanto que tenía! Estuvimos más de cuatro horas pateando los laberínticos jardines de Versalles más allá incluso de los límites de palacio -donde las Cisne y patocenicientas se transforman nuevamente en simples sirvientas-. Y hubiéramos seguido más allá si una nube de mosquitos junto al río no nos hubiera hecho retroceder como cobardes hasta un terreno más seguro.

El ‘terreno seguro’ resultó ser un pequeño embarcadero en el que la gente se sentaba para dar de comer a los patos. Aunque, en este sentido, habría que matizar. Y es que pato que veía comida, pato que se acercaba. Lo mismo sucedía con los cisnes pero, como ya dije antes, estos son más estirados y seguramente rechazarían un simple pedazo de pan si éste no iba untado al menos con un buen chorro de aceite de oliva extra virgen. El caso es que cuando los patos no encontraban ninguna víctima a la que merodear, ¡se merodeaban entre ellos!. Y había dos en particular a los que tenían fritos: se acercaban en grupo, lentamente, intentando no levantar sospechas y…¡zas!. En cuanto lo tenían acorralado se dedicaban a amargarle la existencia picoteándole sin compasión. Definitivamente, me quedo con las ocas, aunque sean más apestosas.

Después de subir, bajar, sacar fotos, analizar el comportamiento de estos patos tan ‘paticulares’, escuchar las quejas de Javi acerca de sus dos grandes ‘amigos’ Luis XVI y la caprichosa María Antonieta -que, por cierto, intentó huir de Versalles por las alcantarillas, pero no tuvo suerte-… al fin nos decidimos a abandonar el lugar e ir a comer algo. Y recurrimos a un sabio consejo de mi hermano: comer barato en París es comer kebabs o crepes. Aquel día tocó kebab.

Rio Sena de nocheDe vuelta a París me quedé dormida en el tren, como era de esperar. Yo creo que no hay sueño más satisfactorio que el que se produce a bordo de un tren y que éste es únicamente comparable al de ver una peli en casa un viernes por la noche y terminar bajando el volumen porque ya da igual cómo evolucione el argumento que tu única prioridad es la de dormirte en el sofá.

Y gracias a este sueñecito luego fuimos capaces de aguantar el resto de la jornada paseando. La Concordia -que, como dice Javi “huele a sangre”, por eso de que allí instaló la guillotina, convirtiéndose en el escenario más sangriento de la Revolución-, el Jardín de las Tullerías -con sus sillas móviles que te permiten orientarte hacia los rayos del sol-, el Louvre -con una pirámide que a mí no termina de convencerme-, el Pont des Arts -repleto de los candados que dejan allí los enamorados-, el Museo D’Orsay, el Sena, Notre Dame, el Barrio Latino… Las ciudades de noche también se ponen el pijama y ofrecen una imagen diferente a la que tienen durante el día. Desmaquillada y con un sensual camisón azul tornasolado, París de noche es una mujer provocativa, fumando a los pies de la cama en la que acaba de entregarse a la imaginación del viajero.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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