Escapada a París. Parte 2: hacia lo más alto

Vistas desde la Torre Eiffel

Celina Ranz Santana

Como habíamos aterrizado en un aeropuerto a 80 kilómetros de la ciudad, tuvimos que coger una guagua que resultó ser más cara que el billete de avión y en la que tuvimos la ‘suerte’ de viajar con un grupo de adolescentes españoles que no dejó de hablar en alto durante todo el camino. Y eso, cuando resulta que te has levantado a las 4.30 de la mañana, no hace demasiada gracia.

Pero me dormí, porque soy capaz de dormirme hasta de pie cuando el cuerpo dice “hasta aquí hemos llegado, guapa”. Y lo digo en serio… En una ocasión, en un hospital de Edimburgo, tuve que pasar casi toda una noche de pie junto a una camilla y en cuanto encontré el punto de equilibrio, me quedé dormida. Así que no es de extrañar que, a pesar de aquellos ruidosos acompañantes, lograra conciliar el sueño. Unos kilómetros antes de entrar en París ya se veía la Torre Eiffel. Abrí los ojos en ese momento y Javi -mi compañero de viaje-, me hizo una seña para que mirara por la ventana. Y entonces, me desperté.

Al bajar de la guagua comenzó lo divertido de todos los viajes: lograr llegar al hotel en transporte público en un lugar en el que no hablan tu idioma. Por suerte, la palabra “metro” es casi tan universal como la Coca-cola, así que no supuso una gran complicación. Luego estuvimos haciendo un cola interminable frente a unas cajas automáticas para sacar los tickets del metro. Una de esas colas en las que te pones a sabiendas de que algo no va bien, pero vas a esperar a tu turno para comprobarlo. Efectivamente, no iba bien: la máquina no aceptaba billetes ni tarjeta y sólo se podía pagar con un puñado de monedas que no teníamos. Así que después de esa cola nos fuimos a hacer otra en la taquilla de toda la vida, que estaba casi tan lejos de la entrada del metro como la parada de nuestro hotel. Y en este momento, he de decirlo, se produjo mi gran momento de inmersión lingüística en parís cuando me planté delante de la señora que atendía y le dije con mi acento más parisino -inventado-: “Bonyú. An cagné, sivuplé”. Y sorprendentemente la señora me entregó un taco de diez billetes de diez tickets. Resulta que en los transportes de París no existen tickets de diez viajes, sino que te dan diez tickets de un viaje -a lo que llaman carnet-. Felices y contentos llegamos a nuestra parada sin problemas porque el metro está muy bien señalizado. Eso sí, va rapidísimo, y los parisinos tienen mucha prisa por llegar a sus destinos. Tanta que, antes de que el tren se haya detenido del todo, ya están abriendo la puerta y bajando del vagón. Sólo en las paradas más modernas la prisa de los urbanitas se ve sometida a estrictas medidas de seguridad, porque han puesto mamparas automáticas en las estaciones para la apertura de puertas. También ha habido cambios con respecto a la validación de los tickets: como antes era muy fácil colarse ahora, además de pasar por uno de esos rodillos metálicos, hay que ‘derribar’ una especie de puerta metálica muy pesada, como si quisieras atravesar la pared.

Por otro lado, y buscando las similitudes en el transporte público europeo, en el metro también hay músicos, de lo buenos y de los que se inventan las canciones, y también de los que sólo saben tocar ‘adaptaciones’ del clásico Bésame mucho.

Hacer el registro en el hotel fue muy sencillo porque nuestra recepcionista hablaba todos los idiomas existentes en el Universo -hasta el élfico, seguramente- y lucía con orgullo un montón de banderitas en el pecho, como un militar condecorado por sus grandes logros lingüísticos. Cuando, para asegurarnos, le preguntamos si hablaba español, nos dijo con un poco de ‘chulería’: “español, portugués…”. A día de hoy aún me pregunto qué me importaba a mí que hablara portugués, y la única deducción que he sacado al respecto es que para los franceses, de la frontera hacia el sur somos tan cutres que compartimos prácticamente hasta el mismo idioma.

Resultó que a la recepcionista le sobraban una cuantas de aquellas banderas, porque el español que tenía era un poco ‘chusquero’, a la altura de mi Torre Eiffel, París“An cagné”.

La primera parada de nuestro viaje fue la Torre Eiffel. Nos bajamos un par de estaciones antes para recorrer los Campos de Marte desde el principio e ir acercándonos poco a poco a la torre. Y a medida que llegábamos a la base del símbolo parisino por excelencia, me daba cuenta de dos cosas. Una, que la torre era mucho más grande de lo que me había imaginado al verla desde el lado opuesto de la calle, donde empezaban lo jardines del Campo de Marte. Otra, que me iba a costar subir a pie, no por los cientos de escalones que me esperaban, sino por el vértigo.

Después de hacer cola durante una media hora, entramos en la torre por una de las ‘patas’ del sur y cuando apenas habíamos subido un par de metros, me entraron los tembleques. Por una causa desconocida, escaleras y altura son dos conceptos que, por separado, no me suponen ningún reto. Sin embargo, la conjunción de ambos me revuelve el estómago. Y mas si las escaleras son metálicas, vas viendo cómo coges altura con cada peldaño, sube y baja gente, hace viento y -que no traten de engañarme- aquello se movía… Al llegar al primer nivel, dejaron de temblarme las piernas y el pulso, así que pude sacar fotos bien a gusto. La escena volvió a repetirse -y acaso agudizarse- en el ascenso al segundo nivel, porque las escaleras se estrechaban y hacía aún más viento. Me consoló encontrar a otra chica que subía sola y que estaba amarilla y con cara de circunstancias. Pero ya se sabe, mal de muchos, consuelo de tontos. Yo por lo menos contaba con el apoyo de Javi, que ya no sabia si ir delante o detrás, dándome la mano o dejando que me aferrara a la barandilla como si incrustando las uñas en ella pudiera evitar la caída que no iba a producirse. Mientras subía iba pensando ese tipo de cosas ‘positivas’ que a una se le ocurren en estas circunstancias: “con lo alto que es esto, con los años que hace que se construyó, con la cantidad de gente que sube cada día… seguro que las tuercas se han tenido que ir aflojando… seguro que en cualquier momento podría caerse una viga y, como esto es como un ‘mecano’, empezaría a desmoronarse todo”. Y con estos agradables pensamientos llegué hasta el segundo nivel, la última zona a la que se puede acceder a pie porque luego hay que tomar un ascensor para el que vuelven a cobrarte entrada y ni la economía ni mi estómago estaban para tanto trote.

Con todo, nuestra visita a la Torre Eiffel duró unas tres horas y fue muy productiva además de todo un reto en lo que a mi lucha contra escaleras-altura se refiere. Prueba superada.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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