Escapada a París. Parte 1: La insistente llamada de una ciudad

ParísCelina Ranz Santana

Tomé un vuelo a París con dolor de oídos. El médico me había recomendado cancelar el viaje, pero siempre he desconfiado de las personas que recomiendan ‘no volar’. A pesar de todo, tenía miedo de lo que le pudiera pasar a mis tímpanos, así que se lo dije a la única persona capaz de inventar un motivo lo suficientemente convincente como para que me subiera al avión: “París te llama y con tal insistencia que es por eso que te duelen los oídos”.

Hace muchos años, en un vuelo de Madrid a Gran Canaria, leí una entrevista a Gwyneth Paltrow en la que la actriz recordaba la primera vez que fue a París. Su padre la había llevado cuando aún era una adolescente y le había dicho: “muchos hombres te llevarán a París, pero quiero que tu primera visita a esa ciudad sea con el único que te va a querer toda la vida”. Desde entonces había idealizado mi viaje a esa ciudad, posponiendo la posibilidad de ir sola o con amigos y a la espera de hacer un viaje como París se merece.

Por casualidades de la vida, un 14 de febrero me puse a mirar la página de una de esas empresas de vuelos de bajo coste y encontré unos pasajes que resultaron ser más baratos que coger un taxi desde mi casa al centro de la ciudad. Y como mi compañero de aventuras es fácil de convencer, ni lo pensamos: cinco días en ‘La ciudad de la luz’ iban a dar para mucho.

Como siempre, me encargué de la parte ‘logística’ de la escapada, porque aunque no nos gusta llevar todo atado, lo cierto que una buena ‘preproducción’ es garantía de un producto exitoso. Hotel barato al sur de la ciudad, horarios, traslados, presupuesto orientativo… Pero apenas una semana antes del viaje, los oídos me empiezan a dar la lata. Tengo que decir a favor de mis delicados tímpanos que ya los había maltratado con un viaje de regreso desde Venecia que fue rematado con una sesión de ‘Antikaraoke’ de dos horas junto a un altavoz a toda potencia, con lo cual, la sordera estaba justificada. Pero entre los nervios y las ganas de viajar a París, el cerebro empezaba a tomar las riendas de esas molestias auditivas que, por si aún no lo he dicho, forman parate de mi “hipocondrismo autodiagnosticado”.

Así que fui al médico y el médico me dijo lo que no quería -y casi no podía- oír: “volar no te va a sentar nada bien”. Y eso es como si le dicen a un pez que no se meta en el agua durante unos días… que se muere porque no puede respirar. Así que hice la mochila y me concentré en que mis oídos mejoraran, porque a veces creo sinceramente que tengo superpoderes para hacer que las cosas cambien. Pero aquella convicción no fue suficiente: cuando llegamos al aeropuerto a las seis de la mañana, seguía teniendo molestias en los oídos y un miedo terrible a que le pasara algo a mis tímpanos, cuando en realidad lo que estaba a punto de estallarme era la cabeza, de tanto hacerla trabajar.

Antes del embarque, me distraje observando detenidamente a la empleada que recorría la fila de pasajeros con una caja de cartón buscando entre las maletas aquella cuyas dimensiones no se adaptaran a las del ridículo objeto que tenía entre la manos. Realmente parecía una cacería, y los pasajeros con el equipaje más abultado contenían la respiración rezando por que la susodicha no se detuviera a su lado para comprobar que la maleta cabía dentro de su caja. Nosotros escapamos porque, como dice la canción, íbamos “ligeros de equipaje”: una mochila con lo imprescindible, que siempre resulta ser un poco más de lo necesario.

Así que, para cuando finalmente subimos al avión, el cansancio y las horas de sueño acumuladas por culpa de tanta preocupación terminaron por ganarme la partida. La frase de mi amigo hizo el resto: “París te llama y con tal insistencia que es por eso que te duelen los oídos”. Cuando quise darme cuenta, ya estábamos en tierras galas.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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