Escala con suspense en Granada

Granada

Aviaco

A principios de los 90, comandante reciente en DC-9 de AVIACO, trayecto de ida y vuelta BCN-GRX-BCN una fría mañana de invierno

En la escala de Granada –no había que repostar– delegué la operación de embarque en el copiloto y el sobrecargo, pues tuve que bajar a la terminal, creo recordar que para hacer una llamada telefónica –lo de los móviles todavía no existía–. Volví al avión atravesando la pista en procesión con los pasajeros que ya habían comenzado a embarcar con la parsimonia habitual a falta de finger. En mitad de la escalera delantera del DC-9 se había detenido el flujo de acceso y me quedé atascado detrás de una oronda señora, en situación bastante incómoda porque mi ángulo visual quedaba bloqueado ente la panorámica trasera expandida a la inevitable altura de mis ojos, con una proximidad poco deseada.

Asomando medio cuerpo por la barandilla lateral, puede observar arriba cómo el sobrecargo se hallaba en agitada conversación con alguien. Pude hacerle seña de que despejara la entrada y, en efecto, apartó a su interlocutora en el reducido espacio del galley para que pudiéramos subir los afectados por el parón. Una vez arriba, continuó con normalidad la entrada y me uní a la tensa situación que se estaba desarrollando en tono muy preocupante. En efecto, se trataba de una mujer espectacularmente guapa con dos preciosas niñas pequeñas, idénticas y vestidas al unísono como correspondía a su evidente condición de gemelas. Las tres llorosas y la madre, extranjera, explicando su grave problema en perfecto castellano pero con el mismo acento que Johan Cruyff (por lo que deduje que era holandesa, como así fue). Según su angustioso relato tenía que huir con sus hijas a Holanda porque el padre de las niñas la había amenazado de muerte. Que había puesto la denuncia en la dependencia de la Guardia Civil en el aeropuerto. Que el individuo había sacado un billete y pretendía viajar a Barcelona en el mismo avión.

Sin entrar a valorar la veracidad o no de la terrible acusación, estaba claro que el vuelo no podía despegar con la suposición de semejante carga explosiva a bordo. Cuando ya solo faltaba un pasajero para embarcar, vimos desde cabina cómo se aproximaba, sin equipaje, una oscura y siniestra figura de 1,90, malencarado y en avanzado estado de jubilación. Un ofensivo contraste con la lozana arquitectura de la temblorosa susodicha, que lo identificó aterrorizada, escondida tras las cortinas del galley mientras el sujeto se acomodaba en la quinta fila de preferente. La imagen demoníaca que transmitía era pavorosa. La decisión de no despegar en situación tan crítica, requería urgencia, cautela y acierto. Una vez informada someramente del conflicto la central de operaciones solicité, a través del controlador de torre, la presencia en al avión del jefe de puesto de la Guardia Civil, quien recibió la información del problema con la amabilidad habitual. Pero claro, no se le podía bajar del avión por la fuerza sin causa suficiente. Le hice saber mi decisión de que el avión no despegaría ante el riesgo de lo que pudiera suceder en vuelo. Me confirmó lo de la denuncia recién puesta por la señora holandesa. Invitó al individuo a que bajase para hablar a pie de avión. Tras una breve reunión de los tres agentes con él, le mostraron unos papeles –quizá la denuncia reciente– y vimos con gran alivio cómo desandaba el trecho hacia la terminal. Al signo de pulgar en alto del eficiente sargento y mis dos manos apretadas desde la ventanilla abierta en señal de agradecimiento, siguió el deseado “Listos Puesta en Marcha”.

No era necesario pero encarecí al sobrecargo que prestase especial atención a la señora y sobre todo a las niñas. Así lo hizo con su especial profesionalidad y hasta tuvo acceso a la inquietante historia que le contó la mujer. A la llegada, una vez culminado satisfactoriamente el episodio, el eficiente jefe de cabina nos trasladó el culebrón en su integridad. Al parecer, el viejo decrépito no era su marido, pero sí el padre de sus hijas. Se trataba de un médico holandés, jubilado, casado con su mujer de siempre, afincados los tres en Granada desde hacía años. No había parentesco con la joven madre, sino que se trataba de una especie de empleada que convivía con ellos como en familia, cuya única misión era, o había sido, engendrar hijos, en este caso hijas, que hicieran padre al doctor. Pero llegó el momento en que el matrimonio de ancianos había decidido deshacerse de la madre y quedarse con las niñas. Al resistirse al despido y a la consiguiente pérdida de sus hijas, se puso en riesgo la vida de tan esplendorosa joven, que tuvo que huir a Holanda donde, al parecer, las pequeñas y ella recibirían protección oficial.

Una historia que pudo ser motivo de un buen guion para un thriller a lo Woody Allen.

(“Una batallita del abuelo cebolleta” – Carlos Castañosa, ex comandante de Iberia)

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