Entre dos continentes. Parte 8: la vida en otra vida

BanderinesLa noche antes de despedirnos de Turquía salimos a pasear por el pequeño pueblo en el que nos alojábamos. En la zona más “animada” de la localidad descubrimos una enorme terraza en la que los hombres jugaban a algo parecido al dominó mientras tomaban té y levantaban la mirada cuando pasábamos, no sé si por nuestra condición de turistas o porque era la única mujer que transitaba por aquellas calles.

A pesar de que Turquía es un país relativamente moderno y flexible en temas culturales y religiosos, por lo que pudimos comprobar el rol de las mujeres se desarrolla de puertas para adentro en localidades pequeñas como aquella. En cualquier caso y, aunque en su momento nos sorprendiera, esta actitud no es muy distante de la que actualmente podemos ver todavía en algunos pueblos de la España vieja. Pero bueno, estábamos en un país extranjero y en un lugar en el que la noche de sábado tenía connotaciones sociales que difieren mucho del referente que tenemos en España. No había mujeres, eso es una realidad, y de las dos o tres que tal vez nos cruzáramos, todas iban acompañadas de su séquito familiar.

Después de llegar al límite del pueblo -un callejón con el suelo de tierra al que ya no alcanzaba la luz de ninguna farola- dimos media vuelta para buscar una tetería en la que sentarnos y terminar de escribir las postales que aún teníamos pendientes. Terminamos sentados en la “terraza” -realmente, dos mesitas diminutas en la calle- de uno de esos establecimientos que tienen aspecto de estar a punto de cerrar para siempre. La encargada estaba sentada en unos sofás dentro del local, con papeles esparcidos por toda la mesa, y parecía estar echando cuentas con un compañero. Aunque todos los indicios parecían confirmar que aquel establecimiento iba a echar el cerrojo indefinidamente, lo cierto es que cuando me atreví a preguntarle a la chica “Open?” a pesar de todas aquellas evidencias, resultó que sí, que el sitio estaba abierto y que además eran unos empleados muy simpáticos. Nos trajeron nuestro té y una sisha de tabaco de manzana, la bandera turca y la española, un libro con todas las fiestas que se habían celebrado en el local y otro de visitas para que les escribiéramos algo. Así que entre escribir las postales, el libro, tomar té, fumar y cotillear las fotografías, se nos pasó la noche. Además, el dueño del “bar” salió en varias ocasiones a cambiarnos el carbón de la shisha, por lo que la velada se prolongó incluso más de lo que esperábamos obtener en una noche como aquella. Creo que fue una buena manera de despedirnos de Turquía.Palomar

A la mañana siguiente no habían demasiadas expectativas de hacer algo verdaderamente interesante. El avión salía a las tres de la tarde así que nos habían preparado una mañana de “hacer el tonto” antes de trasladarnos hasta el aeropuerto. Y como ya abandonábamos el hotel, no había forma de escaquearse de todas esas cosas absurdas que obligan a hacer a los turistas: fábrica de alfombras, fábrica de prendas de cuero -con desfile de moda incluido-, casa-cueva de una pobre señora que tenía a la nieta durmiendo -o haciéndose la dormida- cuando irrumpimos en su casa… ¡y hasta entrada en un supermercado! -la estupidez humana es inabarcable-. Y como en todas partes nos invitaban a té frío de manzana, tuve una mañana muy diurética pero poco interesante. Remontó un poco cuando nos condujeron a unos miradores desde los que tuvimos opción de contemplar por última vez la silueta irregular de Capadocia, los palomares y aquellos pueblos de tierra y piedra blanquecina que parecían erupciones sobre la piel del terreno.

El regreso, como siempre que termina un viaje, tuvo su parte positiva -final del incesante ajetreo de aquella semana- y su parte negativa -cuánto he visto y cuánto me queda aún por ver-. Una sensación que poco a poco deja de ser pasajera, porque como dijo el escritor Paul Morand, “Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra. Aprovechémoslo”.

 

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

 

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