Entre dos continentes. Parte 7: el mundo debajo del mundo

GorëmeLlegar aquí era uno de los principales objetivos de este viaje. Desde que supimos que en esta región del mundo se habían escavado ciudades subterráneas hace miles de años, buscamos la manera de descubrir por nosotros mismos cómo el desierto, donde aparentemente no hay nada más que tierra y piedras, escondía bajo la piel un mundo laberíntico.

Capadocia es una región ubicada en Anatolia y con un gran atractivo histórico, cultural y natural. Pero el principal reclamo de Capadocia son las espectaculares formaciones geológicas que convirtieron esta zona en Patrimonio de la Humanidad en 1885. Sin embargo, el nombre de Capadocia proviene de un vocablo arcaico que se traduce como “Tierra de bellos caballos” y es que los reyes persas más importantes -como Darío o Jerjes- montaban caballos procedentes de esta región, que pronto adquirieron una gran fama por todo el Mediterráneo.

 

Tuvimos la suerte de quedarnos en uno de esos pequeños hoteles con encanto, en un pueblo que se encontraba a apenas unos kilómetros de los puntos clave de esta región. La estructura del hotel nos auguraba un final “feliz” en nuestro viaje por Turquía. Y es que las habitaciones recreaban las cuevas escavadas en la montaña o bajo la tierra que poblaban toda aquella región. Las gruesas paredes de piedra con forma irregular nos hacían sentirnos en el interior de una cueva en las entrañas de aquel enigmático país.

Pero poco tiempo pasamos en aquella habitación, pues nos esperaban dos jornadas a todo tren si queríamos ver todo lo que Capadocia tenía que ofrecernos y no perder el avión que nos llevaría de vuelta a Barcelona desde la pequeña ciudad de Navsehir. Así que la contrarreloj comenzó hacia las ocho de la mañana, cuando ya estábamos subidos en una guagua en dirección al valle de Göreme.

Fue una lástima no disponer de más tiempo para visitar con calma este lugar, porque merecía la pena entrar en todos y cada uno de los habitáculos y recorrer con la mirada los pequeños detalles que decoraban sus paredes. Göreme, actualmente invadida por los turistas, fue en su momento una ciudad de piedra dedicada a la oración fundada por los primeros cristianos asentados en Turquía, entre los siglos III y IV. Capillas, alcobas, almacenes y otras dependencias propias de cualquier monasterio constituyen este museo al aire libre que, hasta hace apenas unos años, continuaban siendo habitadas -como Chimeneas de las Hadasocurre en otras zonas de la región-. Además, a partir del siglo VI las capillas y las iglesias empezaron a ser decoradas en estilo bizantino, y los frescos que se han conservado hasta la actualidad dan mucho que pensar acerca de la vida religiosa y cultural de las personas que poblaban estas zonas.

El paisaje lunar de la toba calcárea -piedra típica de esta región-, se extiende durante miles de hectáreas de terreno por amplias llanuras inundadas de conos que desde hace miles de años fueron utilizados por los pobladores del planeta como cobijo. Y es que, si durante el invierno estos paisajes se presentan cubiertos de nieve, en verano el calor se vuelve especialmente intenso.

Así nos ocurrió a nuestra llegada a las Chimeneas de las Hadas. Una explanada en la que la naturaleza ha moldeado el paisaje como si se tratara del decorado de un cuento infantil. Enormes columnas de piedra calcárea se erigen sobre el terreno coronadas por un amplio pedazo de tierra, mucho más ancho que la parte superior del cono sobre el que se asientan. Estas curiosas siluetas han sido moldeadas por el viento. Las roca más blanda ha sido erosionada mientras que la más resistente, en la parte superior, ha mantenido su tamaño original. Tanto impresionó este paisaje a George Lucas que a punto estuvo de rodar allí una de las entregas de La Guerra de las Galaxias. Mientras paseábamos por los alrededores buscando el cobijo de una sombra que no parecía llegar nunca, descubrimos en mitad de la nada una zona de árboles frutales en los que Javi se entretuvo un buen rato con la esperanza de que luego probara la fruta recolectada, cosa que me negué a hacer porque, a pesar de no haber tenido ningún problema digestivo importante durante todo el viaje, no era cuestión de tentar a la suerte ahora que estábamos a punto de acabar.

En cierto modo, aquellas dos primeras visitas habían sido el preámbulo de la parte importante de las jornadas: las ciudades subterráneas. Hablamos de ellas en una de las entregas de “El Cobertizo”, pero ahora tendríamos la oportunidad de ver cómo eran realmente.

La guagua se detuvo en mitad de la nada. Por no haber, no había ni gente, y eso ya resultaba muy extraño. Pero había un puesto de souvenirs -uno muy pequeñito con un señor que más bien parecía estar echando la tarde bajo su sombrilla que vendiendo baratijas- y eso ya resultaba sospechoso, en mitad de la nada. Tras pasar por el puesto ambulante, encontramos un montículo de hormigón con una puerta con unas escaleras que descendían. Después de la larga espera, al fin entrábamos en una de las famosas ciudades subterráneas de Capadocia, utilizadas por los primeros habitantes de la región y posteriormente por los cristianos, como en el caso de Göreme. Las kilométricas ciudades subterráneas, algunas de ellas conectadas entre sí, recorren un centenar de kilómetros bajo tierra y estaban preparadas para albergar a poblaciones de Ciudad subterráneahasta 20.000 personas sin necesidad de tener que salir a la superficie. Mientras recorríamos el lugar -descendimos todos los niveles que pudimos y entramos en todas las estancias posibles- imaginamos a qué estarían destinadas cada una de aquellas dependencias: bodegas, cocinas, establos, comedores… Allí podría haber habido casi cualquier cosa, tanto que los habitantes de aquel lugar disponían incluso de zonas de ocio.

Al salir a la superficie tuve la sensación de haber estado en el intervalo entre dos mundos, el de la luz y el de las sombras, y me pregunté qué razones aún no esclarecidas habrían llevado a miles de personas a vivir bajo la superficie. Aunque supongo que en todas las regiones, y aunque sólo sea de forma metafórica, siempre existen mundos escondidos en otros mundos.

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

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