Entre dos continentes. Parte 6: hacia Capadocia…dando giros

PamukkaleEl primer recuerdo que se me viene a la mente cuando pienso en Pamukkale -cuya traducción significa “Castillo de algodón”- es que después de haber viajado por carretera durante horas, las montañas que parecían el lomo de un camello despelusado, se convertían de repente en la morada de la Reina de las Nieves. Un paisaje de cuento.

Nuestros antepasados sí que sabían. Si la naturaleza les regalaba una enorme montaña repleta de pequeñas piscinas en las que el agua emanaba a 36 grados de temperatura, no era plan de desaprovechar la oportunidad de construir en torno a este lugar una ciudad de considerables dimensiones dedicada al cuerpo y a la mente. Así, en lo alto del gran “castillo de algodón” -Pamukkale, en turco- se erigió la ciudad de Hierápolis. La ciudad tenía su zona residencial, su teatro -muy bien conservado en la actualidad-, una importante metrópolis y un significativo gimnasio a la entrada. Pero la “joya” de este asentamiento es Pamukkale, una lengua de mármoles cristalinos, cuarcitas y sedimentos de carbonato de calcio que se desprenden del lateral de la montaña dándole a la zona ese aspecto tan particular. Pamukkale, que en las últimas décadas del siglo XX estuvo especialmente amenazada por la cantidad de turistas que visitaban los dos hoteles construidos en la zona, fue finalmente declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988, y desde entonces se ha tenido más en cuenta la conservación del lugar.

 

Huyendo de la multitud -como siempre acostumbramos a hacer- visitamos primero el teatro, en lo alto de la colina, para luego ir bajando hacia la zona de las aguas termales, cuando la gente ya se había cansado de poner los pies en remojo y empezaban a movilizarse en tropel hacia los autobuses de la entrada. Fue de agradecer aquella sensación del agua sorprendentemente tibia entre los dedos de mis pies descalzos. Hubiera disfrutado más el Tumbas en Konyamomento si no me hubiera quedado pensando en el objetivo de la cámara que, como consecuencia de una caída, parecía haberse roto. Supongo que ahora me arrepiento de ello.

Hicimos noche en Pamukkale, en una habitación de hotel en la que podrían haber metido dos camas más y aún habríamos tenido espacio de sobra. Un poco ridículo disponer de tanto hueco para dejar cosas cuando nuestro único equipaje eran dos mochilas relativamente pequeñas en las que siempre cabe algo más de lo indispensable para viajar con la misma comodidad que si lleváramos en ellas todo el fondo de armario.

La parte positiva es que descansamos bastante bien, y eso era necesario para soportar la dura jornada de viaje por carretera que nos esperaba al día siguiente y que se iniciaba a las 5.30 de la mañana.

El destino fina era Capadocia, a unos 650 kilómetros de Pamukkale. Eso suponía unas doce horas de viaje, contando con algunas paradas, bien fuera para estirar los pies, bien para comer o bien para visitar algún punto destacado del trayecto, como la ciudad de Konya, capital de la provincia homónima. Actualmente esta ciudad es conocida por ser una de las más conservadoras en lo que a cuestiones religiosas se refiere. Tal vez ello sea producto de que allí vivió el poeta Mevlana Rumi, fundador de la orden religiosa de los “Derviches Danzantes”, allá por la segunda mitad del siglo XIII. Los derviches fueron ascetas mendicantes que asumieron el voto de pobreza y rechazaron los bienes materiales -de hecho, pedían para sentir más profundamente su humildad, pero no para obtener ganancias personales-. A través de una estricta formación moral, los derviches de Turquía se ejercitaban en el baile y consideraban que dando vueltas lograban la conexión divina.

En el mausoleo de Mevlana se puede seguir de cerca cómo era la formación de los derviches, se conservan instrumentos y trajes de la época así como las tumbas de muchos de los primeros seguidores de la orden, en cuyas lápidas se puede observar la silueta de los distintivos gorros que vestían.

Poco más me queda que relatar hasta que al fin se produjo nuestro “aterrizaje” en la región de Capadocia, pero este lugar ya merece un capítulo aparte.

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

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