Entre dos continentes. Parte 3: las mil y una noches

Mezquita AzulEl camino al centro de la ciudad ya se nos había hecho familiar. En apenas veinte minutos lográbamos cubrir la distancia entre el hotel y la Mezquita Azul sin que nos asaltaran las dudas acerca de adonde ir en cada cruce de caminos.

Para ser sinceros, hasta que no estuvimos en el interior del edificio no sabíamos que la Mezquita Azul era realmente esa mezquita, pues desde nuestra llegada a Estambul la habíamos confundido con Santa Sofía. Los imponentes alminares, el parque que la presidía y aquella silueta espectacular recortando el horizonte de la ciudad nos había hecho creer que aquel era el símbolo por excelencia de Estambul, el que habíamos visto en cientos de fotografías con el nombre de Santa Sofía.

Pero pecamos de poco avispados. Santa Sofía es un edificio mucho más antiguo y, por lo tanto, su aspecto no podía ser tan esplendoroso como el de aquella construcción. Habíamos confundido los dos símbolos de la ciudad, que se encuentran uno frente al otro y estábamos a punto de caer en nuestro error.

Para entrar a la Mezquita Azul -como en todas las mezquitas- tuvimos que descalzarnos y yo además tuve que cubrirme el pelo y las piernas con unas piezas de tela que te ofrecen a la entrada. En cuanto atravesamos la puerta tuve dos sensaciones, prácticamente de manera simultánea. En primer lugar, que aquel lugar era impresionantemente alto pero con unas lámparas muy abajo que le daban un aspecto peculiar, como si el cielo se te estuviera echando encima. En segundo lugar, que aquella multitud de individuos descalzos caminando sobre las alfombras que cubrían el suelo dejaban un olor a pies penetrante que nos obligó a abandonar en cuanto terminamos de ver todos los detalles más representativos. La Mezquita Azul es el nombre con el que se conoce la Mezquita del Sultán Ahmed, que ordenó su construcción tras las guerras contra el Imperio Safávida, convirtiéndose en la primera mezquita imperial construida después de más de cuatro décadas. En lo que a su arquitectura se refiere, es un claro ejemplo de integración entre las líneas bizantinas y las musulmanas, igual que sucede en el caso de Santa Sofía. La Mezquita del Sultán Ahmed recibe también el nombre de Mezquita Azul por los mosaicos azules de Izmir que decoran su interior y que, a través de la luz que entra por sus más de 200 vidrieras, le dan un aspecto mágico.Santa Sofía

Frente a la Mezquita Azul, y atravesando unos hermosos jardines que por la noche presentan el aspecto de un rincón parisino, se accede a Santa Sofía -la de verdad-. Desde fuera presenta un aspecto mucho más “decadente” que la Mezquita del Sultán Ahmed, pero aún así el edificio sigue imponiendo por sus dimensiones y, cómo no, por la historia que hay en sus muros.

Santa Sofía -Hagia Sofía- es un templo dedicado a la Trinidad y la traducción de su nombre, proveniente del griego, quiere decir “Divina Sabiduría”. Fue construida en la época del emperador Justiniano I sobre la primitiva basílica de Constantino, cuando Estambul aún era Constantinopla, esto es, la capital del Imperio Bizantino. Tras el asedio turco de la ciudad -en el que los cristianos la utilizaron como refugio- fue transformada en mezquita por los musulmanes, de ahí que se conserven elementos típicos de ambas culturas. Finalmente en el siglo XX pasó a ser un museo, pero a día de hoy se baraja la posibilidad de que vuelva a desempeñar sus funciones como templo cristiano.

Uno de los momentos más relajantes de la visita fue cuando nos sentamos en el suelo para contemplar la arquitectura de las enormes cúpulas que conforman el techo, iniciando una conversación acera de la complejidad de estas construcciones en una época en la que los medios no sólo para la construcción sino para el diseño de los edificios no tenían nada que ver con lo que conocemos ahora. La conversación fue derivando en un debate acerca de las religiones y finalmente en una discusión que, aunque no recuerdo bien, probablemente ganaría yo…

Gran BazarAl salir de Santa Sofía, después de casi dos horas de visita -si las cúpulas son impresionantes, los mosaicos aún lo son más- abandonamos la iglesia y abrimos apetito con un “panito” –simit- mientras buscábamos un sitio en el que comer. Puesto que los kebabs sin salsa nos habían defraudado un poco, optamos por otro tipo de platos: Inkender kebab es carne asada de cordero con una salsa de tomate algo picante y a un lado salsa de yogur ácido -una buena combinación-. Yo opté por las berenjenas con carne -en forma de durum– y durante el resto del viaje las verduras se convirtieron en una garantía de calidad.

Para hacer la digestión, nada mejor que pasear por las estrechas callejuelas que laberínticamente conducen hasta el Gran Bazar, un edificio escondido en el corazón de la ciudad en el que se mezclan olores, colores y sonidos como si de repente te hubieras sumergido en un cuento de Las mil y una noches. Probablemente hayamos sido los únicos europeos que pasan por el Gran Bazar sin comprar nada, pero hemos adoptado por costumbre -desde las compras que hicimos en el Mercado de la Seda de Beijing- llevarnos el recuerdo de los lugares en forma de fotografía y transmitir esas sensaciones a través de postales. No parece una inversión mucho más eficaz y duradera.

También los alrededores del Bazar son una enorme tienda al aire libre en la que, como en todos los mercadillos, los artilugios pueden agruparse en tres categorías: cosas curiosas, cosas innecesarias y horteradas.

Por una de las salidas del Gran Bazar apareces directamente en el mar. Javi estaba contento porque desde el día anterior quería ver el mar y he de reconocer que en esta ocasión tenía razón él: había que visitar aquella zona. Pero decidimos hacerlo ya por la noche, después de descansar y pegarnos una ducha.

La imagen de aquellas calles abarrotadas durante el día era totalmente diferente al caer la tarde, cuando ya sólo quedaban montones de basura y gatos husmeando entre los desperdicios. Era una fotografía desoladora de lo que había sido aquel mismo lugar a plena luz del día y parecía como si una fuerza sobrenatural hubiera ejercido sobre aquella parte de la ciudad su fuerza devastadora.Cuerno de Oro

Nada que ver con el Puente de Gálata y sus alrededores, donde se dan cita pescadores, turistas, locales y vendedores ambulantes. Atravesamos el puente por la parte de abajo -repleta de comercios y restaurantes- y luego por la parte de arriba -repleta de hombres que lanzaban su caña de pescar sobre el brazo de mar conocido como el Cuerno de Oro. Como dato curioso, en este lugar se puso nombre al juego de cartas británico conocido como “bridge” -que significa “puente” en inglés-. Y es que durante las tardes los soldados ingleses frecuentaban este lugar para jugar a las cartas.

Hoy en día, y a pesar de que el carácter comercial y turístico de la zona en ocasiones “ensucia” la magia de las ciudades, contemplar el atardecer sobre el Cuerno de Oro desde este puente es una de las experiencias imprescindibles para los que se aventuran a conocer la ciudad de Estambul.

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

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