Entre dos continentes. Parte 2: los helados malabares.

Cisterna de JustinianoDe niña pensaba que Constantinopla era un reino imaginario, como el de Fantasia en la Historia Interminable. Un lugar que pertenecía a los cuentos en el que, a juzgar por su nombre, gobernaba un rey con la nariz grande y el pelo revuelto. Años más tarde las clases de Historia me descubrieron que Constantinopla existía, y seguía existiendo, a pesar de que el tiempo le hubiera cambiado de nombre.

Estambul es la ciudad más grande de Turquía. Antigua Bizancio y posteriormente la ya citada Constantinopla -durante el imperio romano- actualmente es un punto de convergencia entre la cultura oriental y la occidental. Aparte de estos conocimientos previos, adquiridos muchos años antes de abrir la guía que ojeábamos en la habitación minutos antes de salir a patear, Estambul tenía mucha historia que compartir, pero nosotros disponíamos de escaso tiempo que ofrecerle. Así que nos organizamos. Bueno, para ser justos, nos organicé yo, que para eso tengo tanta fama de buena guía como de mandona.

La jornada ya empezaba tarde, pues la noche anterior nos habíamos acostado a eso de las cinco de la madrugada, por lo que el cuerpo nos pedía reposo durante la mañana. Con todo, salimos de la habitación antes de las doce del mediodía y como lo mejor para conocer una ciudad es caminar por sus calles, nos aventuramos a pasear hacia Santa Sofía confiando en que la escala del mapa no mintiera. Y no mintió. Desde el hotel hasta la zona había un buen paseíto, pero muy agradable. Aprovechamos para desayunar en una bonita pastelería que encontramos en la calle más comercial de la ciudad, por la que circula el tranvía. Allí probé mi segundo simit, el mejor de cuantos comería en aquel país, pues parecía recién hecho y tenía por encima otro tipo de semillas que lo hacían más crujiente por fuera y más tierno por dentro. Yo con mi simit y Javi con su tarta de queso y frambuesa, desayunamos, como viene siendo costumbre en nuestros viajes, en un parque público, para no perder la oportunidad de observación que brindan esos momentos. Por allí pasaba gente de todo tipo. Desde señoras vestidas con una túnica negra a las que sólo se le veían los ojos hasta chicas jóvenes con un estilo más que atrevido. Los hombre tomaban té sentados en cualquier bordillo, los viajeros se apelotonaban en la parada del tranvía y los minaretes volvían a resonar en todos los rincones de la ciudad. Era, sin duda, un ambiente animado, pero nuestro primer objetivo no estaba en la superficie de la ciudad, sino en el subsuelo.Palacio de Topkapi

La Yerebatan o Cisterna de Justiniano fue construida en el 532 por este emperador romano bajo la que fuera una importante basílica. La función de este recinto era exclusivamente la de almacenar agua, ni más ni menos que hasta 78.000 m3, para que la ciudad no quedara sin abastecimiento durante las épocas de las sequías. Ahora Yerebatan en una laberinto de columnas iluminado con una luz muy tenue que conduce los pasos del visitante hasta las dos cabezas de medusa que constituyen la base de dos de esas columnas. También allí se hacen conciertos, y sin duda debe de ser toda una experiencia escuchar música en directo en un entorno tan mágico.

La visita se demoró el tiempo que duró nuestra curiosidad, que no era poca, y desde allí nos dirigimos hacia el segundo punto de nuestro planning: el Palacio de Topkapi. Está situado en un punto estratégico, entre el Mar del Mármara y el Cuerno de Oro con vistas al Bósforo. Un interminable número de construcciones de diferente tamaño componen este palacio cuya traducción literal significa “Palacio de la Puerta de los Cañones”, que es la que constituye su entrada principal. Para visitar las instalaciones en las que hoy se albergan importantes colecciones de arte, armas y azulejos, necesitamos algo más de cuatro horas, y aún así nos quedaron dependencias por ver.

Heladero de EstambulA la salida del palacio y con los sentidos alerta buscando un lugar en el que comer, descubrimos que el Turquía la profesión de heladero implica algo más que servir helados. En uno de los muchos puestos que ya habíamos visto -sin percatarnos realmente de cómo funcionaban- encontramos a un chico ataviado con ropas coloridas que hacía auténticos malabares para servir aquellos cornetos tan particulares. Yo me decidí por otro simit antes Gentede comer, pero Javi estaba deseando probar el helado, aunque no se atrevió a que el tipo del puesto le tomara el pelo, así que se reservó para otro momento. Al fina, comimos en uno de los puestos de la misma calle en la que habíamos comprado el desayuno, y apostamos por los kebabs, con la esperanza de encontrar algo de salsa en el interior. Pero no, nuevamente nos trajeron los durum sin nada más que la carne y una mezcla de pepino y tomate. Claro que la decepción se saldó con el exquisito hummus que pedimos “para picar”. A todo esto, eran casi las siete de la tarde y Javi estaba empeñado en llegar al mar, así que cuando terminamos de comer empezamos a bajar por una calle hasta que nos dimos cuenta de que aquel pedacito de mar que desde arriba parecía tan cercano estaba mucho más lejos de lo que habíamos imaginado. Callejeamos por una zona llena de comercios de pieles, zapaterías y tiendas de ropa con escaparates extremadamente horteras y me pregunté si realmente aquellos establecimientos podían mantenerse con las ventas porque cada cinco metros había uno y más feo que el anterior. Y casi sin quererlo llegamos hasta la zona que ya conocíamos e hicimos una parada en la plaza de la Universidad, donde muchísima gente descansaba en los bancos mientras comenzaba a atardecer, tomando uno de esos tés que venden de forma ambulante en unos vasos de cristal con forma de pera y que luego el vendedor para a recoger.

El día había dado mucho de sí y, mejor aún, nos había cargado de nuevas energías para abordar la ciudad con más curiosidad… pero al día siguiente.

 

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

 

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