Entre dos continentes. Parte 1: el secreto del kebab

Mezquita SehzadebasiUbicada en un punto estratégico del planeta, entre Asia y Europa, Anatolia -también conocida como Asia Menor- ha sido desde la Antigüedad una de las regiones turcas en las que la presencia de diferentes civilizaciones ha sido más constante. Poco conocíamos de este país cuando decidimos aventurarnos en un nuevo viaje con el objetivo de llegar a las entrañas de la Tierra pero, como siempre, nos dejamos sorprender.

Napoleón Bonaparte llegó a decir que “Si la tierra fuera un solo estado, Estambul sería su capital”. Tal era la importancia que desde mucho antes del emperador tenía este enclave entre dos mundos tan dispares como lo son Oriente y Occidente.

Aunque podemos imaginar cómo serían los interminables viajes de la época a bordo de navíos que sólo en el mejor de los casos llegaban a puerto o a lomos de caballos que tenían que atravesar llanuras y cordilleras para llegar a la ciudad de las mezquitas, lo cierto es que hoy en día el viaje desde Barcelona apenas dura cuatro horas y las compañías aéreas de bajo coste ofrecen pasajes económicos hasta la antigua ciudad de Constantinopla.

Estambul no es la capital de Turquía -lo es Ankara, mucho más al interior del país-, pero sí es el centro de la industria y la economía turca. Mientras hacíamos cola en el aeropuerto para pagar la tarifa de los visados -15 euros por persona- intenté encontrar ese primer detalle que te convierte en extranjero cuando viajas a otro país, pero pocas cosas, a excepción de los carteles en un idioma extraño, me hacían tener esa sensación de “no pertenencia”. A veces los aeropuertos no son más que un punto de tránsito tan estéril como una habitación de hospital y el país comienza al otro lado de las puertas automáticas de cristal.

Mi viaje a Turquía comenzó con un sabor que me acompañaría durante todo el recorrido por el país. En el aeropuerto, mientras esperábamos porPuerta de embarque la guagua que tenía que trasladarnos al hotel, me comí el primer simit de mi vida, que no es ni más ni menos que una especie de rosquilla de pan con semillas por encima a la que a partir de entonces bautizamos como “panito” y se convirtió en el matahambre oficial de las jornadas de turismo. El avión se había retrasado un par de horas y el trayecto en guagua hasta el hotel demoraba nuestra llegada oficial a Estambul una hora y media más, pues había que cruzar de la parte asiática a la europea.

Nada más subir a aquella guagua nos dimos cuenta de que el viaje que estábamos a punto de comenzar poco tenía que ver con nuestra aventura por tierras chinas el año anterior. Y es que en esta ocasión nos habíamos visto obligados a tomar la opción más barata de un viaje organizado -salvo los dos primeros días en Estambul- de esos en los que la gente va en manada a todos lados y la guagua parece un gallinero repleto de gallinas ponedoras que nunca terminan de echar el huevo. Pero como nuestra mentalidad positiva de viajeros no conoce de fronteras, nos lo tomamos con humor desde el principio, y desde el principio, en aquella misma guagua, comencé a redactar el cuaderno de bitácora de nuestro paso por Turquía, cuyas notas aparecerán en estos episodios cuyo principal objetivo es despertar el ánimo aventurero de los lectores.

Llegamos al hotel Black Bird -justo al lado de la Mezquita de Sehzadebasi- de madrugada y cuando aún no habíamos acabado de instalarnos en nuestra habitación, nos sorprendió la llamada del muecín. El canto que ahora, de forma más moderna, se escucha a través de los altavoces instalados en los minaretes, correspondía con salah -oración- de la noche, que en verano tiene lugar a altas horas de la madrugada. Desde varios puntos de la ciudad se oían aquellas voces masculinas haciéndose eco en mitad de la noche sin que nada ni nadie se perturbara. Y el hecho de sentir que, a pesar de la hora que era Estambul seguía respirando, nos abrió el apetito, así que salimos a cenar algo. Nos detuvimos en un pequeño restaurante que seguía abierto a aquellas horas y que en realidad nunca llegué a ver cerrado, a pesar de que tomaríamos aquella misma calle a diferentes horas durante dos días consecutivos. El camarero nos dio una carta en “español” muy curiosa en la que se ofrecían delicias como “verduras echaz sovre los carbones”. Pero para no arriesgarnos con delicias culinarias en nuestro primer día de viaje, nos fuimos directos a lo conocido y le pedimos “kebabs”. Sin embargo, lo que nos trajeron poco tenía que ver con la imagen mental que nos habíamos hecho de nuestra cena: pan de pita relleno de carne con salsa, tomate, verduras… Pues no. Nos sirvieron unos enormes platos de carne de cordero proveniente, eso sí, del churro de carne que tenían dando vueltas en un pincho, y acompañada de una montaña de arroz y ensalada de pepino y tomate aderezada con limón -guarnición por excelencia en cualquier comida del día-. Y es que la palabra “kebab” únicamente se refiere a la manera de cocinar la carne, es decir “carne a la parrilla”. El “döner kebab” es una variante, algo así como “carne a la parrilla giratoria”, y el “durum” es esa carne envuelta en una torta. En cualquier caso, y como era de esperar, no fuimos capaces de terminarnos semejante plato a aquellas horas de la madrugada, pero el camarero, al que debimos caerle simpáticos, nos regaló dos enormes trozos de sandía y nos los guardó en un recipiente para que nos lo lleváramos al hotel.

De vuelta a la habitación paramos a comprar pasta de dientes en una tienda que todavía no tenía exactamente la categoría de comercio, pues en aquel mismo momento el dueño estaba haciendo la mudanza desde un cuartucho en el exterior hacia las estanterías vacías del establecimiento. Nos entendió fácilmente cuando le pedimos la pasta de dientes, aunque tuvimos nuestras dudas cuando vimos al hombre desaparecer en aquel cuartucho y reaparecer unos minutos después con una bolsa de basura que depositó en el suelo repleta de cosas. Había traído de todo, no sé si porque realmente no nos había entendido o porque nos quería encasquetar todo tipo de enseres de higiene personal. El caso es que cogimos el tubo de pasta de dientes -que por cierto, era de tamaño XXL-, un par de botellas de agua, y regresamos al hotel. Eran más de las cuatro de la mañana y nos esperaba un largo día por delante.

 

 


Celina Ranz Santana

 

 

 

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