En una nube de polvo

MicroscopioLa ignorancia no nos hace más felices si, más allá de ese vacío, empieza a parpadear una luz de alarma. La ignorancia sólo puede hacer feliz al que no tiene intención de aprender ni de dejarse enseñar, al que no es curioso, al que no se hace preguntas ni malgasta su tiempo buscando respuestas. Pero a veces la ignorancia, más que un estado inamovible de conciencia, resulta ser una imposición. Es de esas veces en las que uno desearía llegar al fondo de la noticia y resulta que la noticia ya se ha desvanecido. Es el caso del profesor Enrique Meléndez Hevia y sus famosos polvos.

Hace tres años el profesor Enrique Meléndez Hevia –famoso por los Factores 1 y 2, unos polvos que al parecer ayudan a la detención de enfermedades degenerativas tales como artrosis, diabetes y obesidad- fue sancionado por la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias y cesado en sus investigaciones. Los medios de comunicación tardaron muy poco en degradar la figura de este catedrático de la Universidad de La Laguna llenando prensa y televisión con espacios en los que se hablaba de la gravísima actividad que estaba desarrollando el bioquímico al experimentar con sus factores en humanos. Esa información es la que las autoridades transmitían a los medios a través de notas de prensa. Esa información es la que redactaban periodistas que mucho saben de escribir –con un poco de suerte-, y poco sobre análisis químicos. Esa información es, al fin y al cabo, la que nos quieran vender. Porque, como no sabemos, estamos ciegos en el abismo de nuestra ignorancia.

 

Pero la semana pasada muchos de nosotros empezamos a ver la luz parpadeante en medio de toda esa oscuridad que no es más que unaComplemento para la dieta maraña de desinformación: el Tribunal Supremo de Justicia de Canarias y el Tribunal Supremo de Justicia de Madrid le habían dado la razón a Meléndez en el contencioso que mantenía desde entonces con la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias, la Agencia Nacional del Medicamento y la Dirección General de Salud Pública y Alimentación de la Comunidad de Madrid, por lo que el fallo de aquella orden de 2006 quedaba anulado. Ni los mágicos polvos pueden ser considerados medicamentos ni las investigaciones de Meléndez suponían un riesgo para la salud pública, lo que me hace pensar que la verdadera controversia de toda esta historia estaba fuera de los laboratorios. Y es que este bioquímico y todo el equipo que colaboraba en sus investigaciones del Instituto de Metabolismo Celular –creado por él mismo- había descubierto algo extremadamente “goloso” para las farmacéuticas, capaz de revolucionar el mundo de las dietas y de acabar con los tratamientos aplicados hasta el momento para acabar con la obesidad. El profesor Meléndez había dado con la fórmula para dejar de ser gordos, así de sencillo. El hecho de que esos compuestos sirvieran también para el tratamiento de otras patologías como la artrosis y la diabetes, poco importaba. La cuestión fundamental es que, los pacientes que probaban el Factor 1 y el Factor 2 –siguiendo además una dieta baja en hidratos- conseguían adelgazar. Y si tenemos en cuenta que la industria de la estética es una de las más lucrativas, es evidente que los verdaderos pesos pesados de toda esta trama no iban a dejar que Meléndez se saliera con la suya. Así que, además de paralizar sus labores de investigación –lo que ha supuesto además la demora en la obtención de la patente de sus polvos- se vio en la obligación de pagar seis multas que ascendían a más de 300.000 euros, con lo que su iniciativa quedó totalmente arruinada.

 

Han pasado tres años y lo que entonces era un medicamento ahora es un nutriente, un complemento para la dieta, absolutamente legal, cuyo único efecto secundario es la jaqueca que le debe de estar produciendo a sus detractores. Posiblemente Meléndez se equivocó en el procedimiento y se precipitó al relacionar su descubrimiento con diversas enfermedades algo que, al menos en principio, lo convierte en un medicamento. Pero es más que probable que todo este entuerto se desatara cuando la noticia trascendió a las paredes de su laboratorio y el profesor se convirtió en un personaje público a la altura de un vendedor de promesas milagrosas en la gran teletienda de los medios de comunicación.

 

Y es que, aunque la sentencia de la semana pasada haya sido clara, ahora, igual que hace tres años, no deberíamos rendirnos a la evidencia de lo que dicta la ley. No leamos la prensa sólo para ratificar nuestras creencias. No entremos en el juego de los buenos y los malos, de las víctimas y los verdugos, porque seguramente en este caso nadie está en posesión de la verdad absoluta. Porque los litigios sólo se dan cuando hay intereses encontrados y el negocio de salvar al mundo hace ya rato que se inventó.

Y sobre todo, porque ser inteligentes es, en gran medida, ser desconfiados.

 

 

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Vagabundo Pérez

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