‘En tercera persona’

'En tercera persona'C

Superar el dolor a través de otros.

Paul HaggisEn el valle de Elah, Crash– regresa a las películas de historias entrecruzadas para presentar en En tercera persona a un elenco de personajes atormentados por el sentimiento de culpa. Entre Nueva York, París y Roma se va definiendo una historia que pasa tanto tiempo girando sobre sí misma que al final resulta demasiado confusa y un tanto aburrida.

En En tercera persona hay un exceso de información hueca que no conduce a nada, ni siquiera al enredo premeditado de las historias que pretenden ser complejas. Es por eso que tal vez se lía demasiado en complicar las cosas cuando podría haber tenido un planteamiento mucho más sencillo y no menos impactante. Porque la culpa y dolor que atormenta a los personajes de esta película coral son de por sí sentimientos suficientemente intensos como para mantener encendida la llama de un argumento que, de tanto insistir en lo accesorio, termina olvidándose de lo importante del asunto.

Un afamado escritor separado de su mujer se traslada a París para trabajar en la que será su próxima novela, pero la relación con su amante se convierte en ocasiones en un lastre para su proceso creativo. En Nueva York, una joven aspirante a actriz intenta lidiar con los problemas del día a día -más complejos de lo que aparentan ser- mientras un pintor atormentado por la idea de haber perdido la conexión con su hijo pequeño del mismo modo que parece haber perdido la inspiración. Y en Roma, las historias de una inmigrante y de un empresario de la moda se entrecruzan por casualidad y se unen por necesidad en un episodio que les cambiará la vida.

Amantes, escritores, ladrones de medio pelo, inmigrantes, padres, hijos, artistas… conforman las caras de este poliedro emocional que pretende no tener un protagonista claro y termina ahogándose en sus pretensiones de abarcar con igual protagonismo lo trascendental y lo pasajero. Podría decirse que el principal problema de En tercera persona es su falta de ritmo, algo que, para una película de 137 minutos de duración debería ser esencial. Para cuando el autor parece haberse dado cuenta de este ‘error de medición’, ya es demasiado tarde. Aunque la recta final de la película hace un esfuerzo por reconciliar todas las partes de su difuso argumento principal, ya ha pasado demasiado tiempo para justificar todo lo acontecido y queda demasiado poco para que el espectador asimile este experimento metalingüístico sobre cómo el ser humano se enfrenta al dolor de la pérdida.

Celina Ranz Santana

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