En la tierra de los tulipanes. Parte 3: escondidos en Ámsterdam.

Calle de ÁmsterdamCelina Ranz Santana

No todo en Ámsterdam son tulipanes de colores y románticos paseos por sus canales. Hay historias en esta ciudad escondidas allí donde muchos mantuvieron la esperanza.

Uno de nuestros principales objetivos con la escapada a Ámsterdam era el de visitar la casa de Anne Frank. Bueno, más que la casa, el lugar en el que permaneció escondida con su familia y otros conocidos durante 25 meses. Un escondite situado al que se accede a través de una puerta secreta –una estantería- y que conduce a la parte alta de lo que en realidad eran unas oficinas y un almacén.

Antes de visitar el lugar nos dimos un salto al Museo del Holocausto de la ciudad. Es un lugar poco conocido y, por consiguiente, poco transitado que, con todo, merece una visita. El Museo del Holocausto está en lo que en su momento fue el Teatro Judío –donde se representaban obras solo para los judíos-, muy cerca de la Sinagoga Portuguesa y el Museo Botánico.

En el Museo del Holocausto se muestran detalles de cómo fue el sometimiento paulatino de los judíos residentes en Ámsterdam tras la invasión nazi. Las prohibiciones fueron en aumento: prohibido el acceso a parques públicos, prohibido montar en bicicleta, prohibido ir al teatro… Y paralelamente se les impuso una serie de obligaciones: un carnet de identificación especial, llevar una cruz de David amarilla para identificarlos… Finalmente, muchos de ellos eran trasladados a campos de trabajo y solo se les permitía llevar un equipaje muy escaso: camisa, falda o pantalón, una muda y algo para el aseo personal. Todos estos enseres así como las maletas que portaban, las cartas que fueron enviadas y recibidas o las últimas fotografías de muchas de estas personas están expuestas actualmente en este interesante museo, que es sin duda una visita muy recomendable antes de entrar en la historia particular de Anne Frank.Casa de Anne Frank

En el número 267 de Prinsengracht se encuentra el escondite en el que la familia Frank y otros cuatro judíos -Hermann y Auguste van Pels con su hijo Peter, y Fritz Pfeffer- se ocultaron de los nazis durante 25 meses, ayudados por cuatro empleados de la empresa de mermeladas de Otto Frank –padre de Anne- que durante todo ese tiempo mantuvieron el secreto. En total, ocho personas conviviendo en un espacio reducido, con el miedo y la amenaza constantes de ser descubiertos, sin poder hacer ruido, sin poder asomarse a las ventanas: sin poder siquiera imaginar el destino que les esperaba.

Por todo ello, la visita a la casa de Anne Frank es toda una experiencia ‘existencial’ que inevitablemente invita a la reflexión acerca de los grandes errores y atrocidades cometidos por el ser humano. Al final de la visita es posible dejar un mensaje en ‘el árbol de Anne’ –el único que podía ver de noche, mirando por una ventana que daba hacia un patio interior- y mandar mensajes grabados en vídeo a los correos electrónicos de nuestros amigos.

Completamos el día con un largo paseo por la ciudad que nos llevó hasta el mercado de Waterlooplein –donde se puede encontrar casi cualquier cosa, especialmente artilugios de segunda mano para los que tal vez una mente avispada encuentre una nueva utilidad-, el barrio chino –que, por supuesto, huele a Aparcamiento bicicletascomida china, a curry y a marihuana, como todo el centro de la ciudad-, el Mercado de las flores –con sus decenas de variedades de tulipanes-, el enorme aparcamiento de bicicletas que hay junto a la estación central, y los románticos canales en los que los más afortunados han conseguido establecerse en ‘hogares flotantes’ con todo tipo de comodidades –destacan sobre todo las casas-barco del Canal del Príncipe-.

Nuestra visita a la ciudad finalizó exactamente a las nueve de la noche. Lo sé porque en ese momento empezó a sonar la música en el campanario, justo antes de dar la hora. Regresábamos camino del hotel y de repente empezó a granizar, así que echamos a correr entre risas porque era como si la ciudad nos lanzara piedras para que nos fuéramos ya a la cama, que había que madrugar muchísimo para coger el avión de regreso.

Con todo, incluida la apedreada de despedida, la escapada a Ámsterdam fue de las mejores que recuerdo. Y sin duda regresaré a esta ciudad –probablemente cuando tenga más ‘fondos’- para hacer un recorrido por sus museos, que no son pocos, pero que lamentablemente no están al alcance de todos los bolsillos. Suerte que para pasear y ver mundo solo hacen falta una mirada curiosa y unos pies dispuestos a andar.

 

 

Celina Ranz Santana

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