En la tierra de los tulipanes. Parte 1: ¿estamos en el Barrio Rojo?

AmsterdamCelina Ranz Santana

Apenas una semana después de nuestra escapada a Roma y poco antes de Navidad, pusimos rumbo a Ámsterdam en lo que podría considerarse un segundo viaje-regalo de cumpleaños.

Era mediados de diciembre y el pronóstico del tiempo advertía de las bajas temperaturas, así que nos equipamos bien antes de hacer la maleta que, como de costumbre, era bastante ligera. Aunque en esta ocasión igual era tan ligera porque llevábamos todo encima y, cuando entramos en el avión y nos dispusimos a sentarnos tuvimos que hacer la ‘maniobra cebolla’ y empezar a quitarnos capas.

El viaje hasta Ámsterdam fue tranquilo y, a pesar de que el aeropuerto era enorme y los trenes se cogían en la otra punta de la terminal en la que habíamos aterrizado, no nos costó demasiado encontrar el tren que había de conducirnos hasta en centro de la ciudad. Además, una señora mayor nos indicó muy amablemente dónde debíamos bajarnos y luego ya solo tuve que poner en marcha mi sentido arácnido para localizar el bed & breakfast en el que habíamos reservado tres noches y que, afortunadamente, no tenía nada que ver con el de Roma. Aunque bueno, las habitación que nos dieron tenía las camas diminutas y tuvimos que juntarlas para conseguir una cama de tamaño más o menos normal. Además, y a pesar de la prohibición de no fumar en todo el recinto, había muchos huéspedes que se pasaban la norma por el forro y desde el baño nos entraba por un respiradero un olor a marihuana que terminó resultando empalagoso.Voldenpark

Como llegamos a mediodía, aprovechamos la jornada para hacer turismo y empezamos a caminar sin rumbo, que es una buena manera de dejarte impresionar por la ciudad. Tras rodear el museo de Rembrandt acabamos bajando hasta Vondelpark, un parque enorme en el que gente insensible hacía deporte. Y digo insensible porque, a pesar de que hacía un frío que se te metía por debajo de la piel, estos deportistas iban en camiseta y pantalón corto, como si tal cosa. Y a mí me daba apuro solo de verlos, pensando en lo malitos que se iban a poner con esos sudores y ese frío. Salimos del parque en dirección norte y pronto nos encontramos en una zona comercial de tiendas caras tipo Chanel, Cartier, Armani…  La verdad es que el barrio tenía buena pinta, pero lo que andábamos buscando era un sitio donde comer. Y después de mucho andar llegamos desfallecidos a un kebab –la gastronomía holandesa es más bien un remix de todas las comidas del mundo…-.

Con la barriguita llena y el corazón contento nos adentramos en una zona muy animada que se llama Nieumarkt en la que está el barrio chino de la ciudad. Nos dimos cuenta sin demasiado esfuerzo cuando vimos que los nombres de las calles también estaban escritos con caracteres chinos y había un montón de restaurantes de comida asiática, masajes para los pies y gatitos dorados meneando el brazo arriba y abajo. Allí mismo encontramos un bar ‘cañí’. Bueno, ‘cañí’ holandés, porque en España diríamos que es un ‘bar de guiris’ de toda la vida. Y continuamos nuestro camino ya bien entrada la noche, a pesar de que solo eran las 17.00 horas.

Barrio RojoEntonces nos pasó algo muy curioso. Estuvimos un buen rato mirando en el mapa dónde estaba el Barrio Rojo y resulta que llevábamos un buen tiempo merodeando por él –el intenso olor a marihuna de los muchos ‘coffee shops’ del lugar debió habernos dardo una pista, pero no caímos en el detalle-. En realidad, esperábamos ver a las mujeres de moral alegre en los famosos escaparates, pero no veíamos nada. Tal vez como era domingo las chicas se recogían hasta un poco más tarde. Y así fue. Nos dimos cuenta que, para empezar, los ‘escaparates’ no son tal cosa. En realidad, son puertas de cristal que conducen más al fondo donde las chicas tienen una cama y un lavabo para atender a sus clientes. Se contonean detrás del cristal para atraer a los hombres y, cuando un cliente se interesa por sus servicios, se les abre la puerta, se les hace entrar y se cierra la cortina. Habitación ocupada. Las chicas pagan un alquiler considerablemente alto por este cuarto y en la mayoría de los casos sus familias no saben que trabajan ahí, por lo que está estrictamente prohibido sacar fotografías en el barrio –a riesgo de que tu cámara de fotos acabe en el fondo de un canal-. El espectáculo es una mezcla entre curioso y triste: no deja de ser prostitución –aunque bien regulada- y tíos que después de unas cuantas cervezas andan haciendo el bestia por la zona.

Más divertido es el tema de los sex-shops, que sí exhiben en sus enormes escaparates toda suerte de artilugios de lo más disparatados que dejo que cada uno se imagine porque, ciertamente, allí se podía encontrar casi cualquier cosa. Y por último está el tema de los coffee-shops y del consumo autorizado de marihuana en estos lugares o la compra de hierba para fumar en casa –que es lo que verdaderamente hacen los holandeses que consumen, por lo que los coffee acaban siendo también un reclamo para los turistas más que para los autóctonos, acostumbrados a esa regulación más liberal. Bueno, liberal hasta cierto punto: se supone que con los impuestos que se sacan de la venta legal de marihuana el Gobierno financia su lucha contra el consumo de drogas duras y, si te pillan con algo más fuerte, aunque sea para consumo propio, acabas en la cárcel.

El caso es que eso de ‘mentalidad liberal’ después de analizar bien la situación, no es más que una forma más de hacer dinero: la prostitución y la venta de marihuna están permitidas y reguladas por ley, lo que supone pingües beneficios para el Gobierno. Así que se lo han montado bien, eso es todo. Más allá de juicios morales, hablamos de lo de siempre: de dinerito.

Pero la ciudad estaba a punto de regalarnos más sorpresas, más interesantes que las ideas preconcebidas que el viajero suele tener de ciudades tan famosas como ésta.

 

 

Celina Ranz Santana

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