Emily Dickinson, la poetisa solitaria

Emily Dickinson“Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”

A pesar de que en vida sólo se publicaron cinco de los cientos de poemas que escribió, Emily Dickinson formó parte del masculino escuadrón de poetas fundacionales estadounidenses con una obra marcada por el aislamiento autoimpuesto de la escritora.

Nació en el seno de una familia de estricta moral protestante de esas que llegaron en oleadas hasta las costas de Nueva Inglaterra y creció en un entorno rural que no por ello descuidó en absoluto la educación de la niña, algo que, por otro lado, no era muy común en la época. Con todo, los preceptos religiosos en los que vivía Emily le prohibían el acceso a muchos aspectos importantes de la cultura que no estaban contemplados en el código moral de los ideales protestantes de los que la joven tardaría muchos años en rebelarse y nunca abandonaría en su totalidad.

Emily ingresó en la Academia de Amherst en la primera promoción en la que se permitió la matriculación de mujeres y cuando aún no había cumplido 15 años ya estaba capacitada para leer a los clásicos en su idioma original. La capacidad de Emily para las letras clásicas era impresionante, tanto como su interés por la Ciencia, especialmente la astronomía y la botánica.

En cuanto a su vida privada, existen pocos datos contrastados y la mayoría de las informaciones que han llegado hasta nuestros días son únicamente rumores. Pero, según parece, gran parte de las primeras obras de Emily Dickinson está dedicada a un gran amor de la poetisa, un amor al que su hermano Edward decidió poner fin para evitar que la joven cayera en tentaciones. No sería este el único romance que se le atribuye a la escritora, cuya vida parece estar plagada de amores ocultos que aún no han sido revelados por sus biógrafos.

Fue el amor, o acaso la admiración, lo que cambió radicalmente la vida de Emily. Y es que tras el fallecimiento de sus dos mentores, Benjamin Franklin Newton y Charles Wasdworth, la poetisa decide recluirse en casa de su padre, apenas sale de su habitación y se niega a que vea la luz nada de lo que escribe durante horas, ajena al mundo hasta que en 1862 decide obtener una opinión acerca de sus poemas y se los envía a Thomas Higginson, que los guardará durante más de 30 años al no lograr convencer a Emily para que los publique. Amigos y familiares repiten constantemente estas mismas peticiones a la poetisa, pero no obtienen resultados.

Hacia finales de 1886, Emily sufre un ataque de nervios como consecuencia de la muerte de dos amigos muy cercanos y queda prácticamente ciega. Comienza aquí un segundo periodo de reclusión autoimpuesta, esta vez de una forma mucho más severa y el aislamiento que no resultaba demasiado extraño en una mujer de la época, terminó convirtiéndose en una aversión total al contacto con la gente, unida a otras excentricidades de la autora como no vestir de otro color que no fuera blanco o esconderse bajo las escaleras de la casa cuando su padre recibía visitas.

Durante los últimos meses de su vida ni siquiera salía de su habitación. Se había construido todo su Universo en torno a aquellas cuatro paredes y la soledad era lo único reconfortante en su vida. La correspondencia epistolar eran el único contacto entre la poetisa y el mundo exterior y ya hacia el final parecían anunciar de forma evidente su muerte, hasta el punto de que a comienzos de 1886 escribe a sus primas la que sería su última carta: “Me llaman”.

Postrada en una silla debido al Mal de Bright –la misma nefritis degenerativa y aguda que había sufrido Mozart- pasó a un estado de inconsciencia que terminaría llevándola a la muerte el 15 de mayo de 1886. En su habitación se encontraron 40 volúmenes encuadernados a mano que contenían los más de 800 poemas que conforman la obra de esta autora y que nunca antes habían sido vistos por nadie.

 

 

 

 

 

 

 

 

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