El tesoro de Oak Island

Oak IslandPiratas, fantasmas, expediciones y profecías maquillan el secreto que se esconde en las profundidades de esta isla.

A pesar de la avanzada tecnología de la que actualmente disponemos, nunca se ha conseguido llegar al fondo del pozo de Oak Island, pues sus galerías se inundan de manera intermitente debido a las mareas del Océano Atlántico. Por eso este lugar sigue siendo un misterio digno de los antiguos aventureros, aquellos que durante muchos años realizaron expediciones al interior de la galería sin encontrar nunca lo que andaban buscando.

Las primeras noticias de la existencia de estas grutas en la isla de Oak, en Canadá, se remontan a 1795, cuando tres niños descubrieron una entrada por la que comenzar el descenso. Años más tarde, esos niños, convertidos en adolescentes, participaron en la primera expedición que se llevó a cabo en la zona y en la que se descubrieron las pruebas que con posterioridad dieron pie a que se difundiera la leyenda de que el subsuelo de Oak Island estaba repleto de tesoros.

Lo primero que llamó la atención durante las expediciones fue la disposición de las galerías, en plantas que se iban sucediendo hacia las profundidades, divididas por plataformas de roble reforzadas con masilla, fibras de coco y otros materiales que no son accesibles en Norteamérica. Por este motivo se creyó que fueron los piratas del sur los que llegaron hasta allí para esconder sus tesoros.

Otro descubrimiento, sin embargo, apunta a que ni fueron los piratas ni la isla esconde un tesoro en el sentido que todos imaginaban: doblones de oro, perlas y piedras preciosas. Una tabla con una extraña inscripción fue determinante a la hora de respaldar este argumento. Para muchos, la tabla respondía a un sencillo código -demasiado sencillo- que revelaba que “trece metros más abajo están enterrados dos millones de libras”. Pero un profesor experto en lenguas antiguas, Barry Fell, creyó diferenciar en esta inscripción caracteres que podrían derivar del copto y que probablemente no advirtieran de la existencia de un tesoro material sino de algo más bien espiritual o incluso del enterramiento de alguna persona relevante.

Ni una cosa ni otra pudieron ser demostradas. Llegados a cierta profundidad, la expedición tuvo que detener sus pasos. Debido a las mareas del Oceáno Atlántico el agua inundaba las galerías de manera caprichosa y los niveles del pozo empezaron a subir.

Se intentó el descenso en repetidas ocasiones, durante varios años y con diferentes expediciones, pero fue imposible llegar al fondo. Se llegó a determinar incluso que existía cierta conexión entre el pozo y la cercana playa de Smith’s Cove, en la que se descubrieron una especie de desagües que abastecían estos túneles y que en su momento pudieron estar protegidas por un dique que impedía que las mareras afectaran a los niveles del pozo. Una tecnología que, en cualquier caso, era demasiado avanzada para la época.

Como suele ocurrir con todos los misterios que nunca llegan a ser desvelados, los hallazgos en Oak Island alimentaron muchas leyendas con respecto al tesoro escondido. Una de ellas dice que al menos siete personas relacionadas con el pozo debían morir para que éste desvelara su secreto -cosa que nunca ocurrió- o que en el siglo XIX el capataz de una de las expediciones robó algo que salió enganchado en una polea y, días después, sin que nadie supiera qué tenía en su poder, intentó comprar la isla sin éxito y murió poco tiempo después en un accidente que no guardaba relación con el caso.

Los restos borrosos de pergamino, los pedazos de madera con inscripciones en latín y las imágenes captadas en 1972 por una cámara submarina -aunque todo está muy borroso aseguran que podría haber dos cofres y hasta una mano cortada en el laberinto de túneles inundados- han logrado mantener la intriga hasta la actualidad.

 

 

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