El taxímetro del abogado

JusticiaCarlos Castañosa

Me lo contó un amigo y desde entonces sueño en voz alta. No me lo podía creer.

Al parecer paró un taxi para ir al aeropuerto. Al llegar al primer semáforo observó que la calidad de conducción y actitud del taxista no eran adecuadas y que intentaba darle un rodeo, por lo que le pidió que se detuviera. Cuando fue a pagar el importe de bajada de bandera, el taxista le espetó que no, que debía abonarle la carrera completa hasta el aeropuerto ¡y retorno! “No, mire usted – intentó razonarle mi amigo – es que no me ha proporcionado el servicio por el que tengo que pagar, y ahora gastaré mi dinero en otro taxi que sí cumpla con un trabajo bien hecho”. “Está usted muy equivocado, porque el colegio de taxistas me da derecho legítimo a cobrar el servicio completo aunque no lo haya realizado, puesto que usted decidió pararme y se subió a mi vehículo. Por lo tanto, lo denunciaré ante el Juez y que él decida”. Mi amigo se quedó estupefacto ante semejante despropósito. Pero bueno, confiaría en la Justicia como buen ciudadano en un estado de derecho. Pues el juez lo condenó a pagar lo que pedía el taxista, aunque podía recurrir mediante las alegaciones oportunas. Por supuesto adujo el estado de necesidad por tener que ir al aeropuerto, la negligencia del demandante, así como que ese servicio se lo tuvo que pagar a otro taxista, este ya sí más honrado, puesto que no le cobró el retorno. A pesar de todo, el Juez sentenció en firme que el colegio de taxistas tenía razón y mi amigo tenía que pagar, no solo lo que el operario reclamaba sino también las costas procesales.

– ¡Venga ya! No me puedo creer esa historia – le reconvine a mi amigo -. Sería propia de un país marginal, donde los derechos ciudadanos quedaran en indefensión ante la connivencia de un colectivo cualquiera con el poder judicial. Además, los taxistas son buena gente y no están colegiados.

– Haces bien en no creerme, puesto que acabo de contarte un cuento. Es la metáfora de una historia real que me sucedió de verdad, pero no con un taxista, sino con un abogado. He intentado simbolizarte la indefensión de un ciudadano que cae en las redes de un letrado negligente que, además de fracasar en la prestación de un servicio apenas iniciado, pretende esquilmarme con el apoyo del departamento deontológico (¡que sarcasmo!) de su Colegio, en comandita con una Justicia en la que, a veces, hay que esforzar la confianza. No me reclamaba la tarifa de una carrera al aeropuerto, comportamiento y dejación de responsabilidades, amén de intentar beneficiarse de una operación de compra-venta que no procedía. Pues sí, amigo mío, el colegio de abogados aplica unilateralmente unas tarifas absolutamente irracionales, ajenas a la lógica y al sentido común, cuyo departamento deontológico las legitima con el despotismo suficiente para ni siquiera responder a mi reclamación, Y el juez, sin atender mis alegaciones ni aplicar razonamiento alguno, me condena a pagar esa brutalidad. Indefensión absoluta. Ni siquiera sirvió presentar la minuta del nuevo abogado, que sí resolvió brillantemente mi caso tras recibir la venia… Y me cobró la mitad de lo que el otro exige. Por no haber hecho nada.

– Amigo. Mi reflexión: pasa por escandalizarme por esta infraestructura democrática de medio pelo que consiente estos desmanes. Creo que el 15-M tiene bastantes más frentes sobre los que actuar que los marcados en el ideario de Stephan Hessel. Me parece vergonzoso ¿No vas a decirme el nombre de ese filibustero con toga?.

– Todavía no.

 

 

 

Carlos Castañosa

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