El rival más fuerte

Pongámonos en situación. Vemos a un grupo de gente vestida con la misma camisa y con banderas de un mismo color. Es difícil distinguirlos en la distancia, pero por su actitud y sus manos aplaudiendo y moviendo las banderas diríamos que se trata de aficionados de un club de fútbol, o seguidores de un grupo de rock en las horas previas a un concierto. Pero no.

Cuando se acercan comprobamos que son simpatizantes de un partido político. Las camisas tienen escrito el lema de la última campaña, y las banderas tienen las siglas. Qué cosas. Ahora que entonan la canción al pasar a nuestro lado descubrimos que la letra es una melodía pegadiza en tono jocoso hacia un grupo político rival.

Así se ha vuelto la política de hinchada en nuestro país. Hay aficiones de derechas, aficionados socialistas, seguidores nacionalistas (con su particular combinación regional de derecha e izquierda) y abonados de izquierda. El discurso de ideas, la crítica y la autocrítica han muerto después del ascenso y el enaltecimiento de las hinchadas enfervorecidas a la puerta de los mítines. Aún más, si tenemos en cuenta que la rivalidad de nuestra débil democracia se sustenta en dos equipos de la parte alta de la tabla que se reparten todos los trofeos, lanzándose dardos desde el otro lado de la tribuna.

O se es de un partido, o no se opina de política. Ni que decir tiene de los que se mantienen equidistantes (qué curiosa palabra), estos son repudiados igual que los árbitros, o aún peor, que los ignorantes que no saben de fútbol, perdón, de política. El ejemplo más claro lo tenemos cuando se sabe que el representante de uno de los partido ha cometido un delito y hay que sacarle la tarjeta roja o hacerle dimitir, tal vez imponerle un castigo desde su club. A todos los aficionados les sale esa actitud mourinhista de echar la culpa al rival, al juez, al funcionario, o al mismo jardinero que ha regado el césped pocas horas antes. Un partido político debe ser defendido con vehemencia y sin fisuras; el todo-vale y el tú-siempre-eres-peor-que-yo está absolutamente asentado entre sus seguidores.

En 1989 habló Fukuyama sobre el fin de la historia y las ideologías, cuando la rivalidad entre el comunismo y el capitalismo rompió la balanza hacia estos últimos. Pero diría que no solo se acabó la historia, sino que empezó el ocaso de la política, de la crítica racional y constructiva, y la autocrítica… Hemos dejado paso al discurso encendido y futbolero de los aficionados de un bar… El rival es el rival, y hay que ganar como sea. Si se pierde, solo nos queda una cosa: los otros siempre tienen la culpa de todo.

Octavio Pineda Domínguez
Lector del Departamento de español
Universidad Babes-Bolyai
Cluj-Napoca. Rumanía

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