‘El Rito’, sustos y nada más

Cartel de la película El RitoTeniendo en cuenta que las películas de demonios, posesiones y exorcismos siempre me han producido pánico, El Rito debe de ser una de las peores del género porque, salvo por unos cuantos saltos en la butaca, no me dejó ningún estigma destacado.

He de reconocer antes que nada que este tipo de películas nunca me han gustado y que, entre otras cosas, nunca he visto ni veré la película del género por excelencia: El Exorcista. No es tanto el miedo de ver una cabeza humana girando sobre el cuello, unos ojos inyectados en sangre o una voz infernal que surge de lo más tenebroso de lo desconocido. Al fin y al cabo esto sólo son trucos para hacernos dar un brinco en el cine, seguido de la risa nerviosa que acompaña al miedo cuando se transforma en sentido del ridículo. Es el hecho de que, cuando acaba la película me vuelvo a casa pensando en esa cabeza, en esos ojos y en esa voz, y una y otra vez esas escenas se reproducen en mi mente, en soledad, y no van acompañadas de un bote en el sofá acompañado de una risita nerviosa, sino de auténtico temor. El Rito no logra esto.

Para empezar, la película no nos cuenta nada nuevo. No se sale de los tópicos creyendo que con unos buenos efectos especiales, los tópicos siempre funcionan. No hay una historia bien definida detrás del protagonista, Maikel Kovac -Colin O’Donoghue- un joven aspirante a cura con una crisis espiritual al que el Vaticano quiere rescatar a golpe de crucifijo y agua bendita, como si el que necesitara un exorcismo fuera él. Tampoco la hay detrás del padre Lucas -Anthony Hopkings- un cura-médico que utiliza métodos poco ortodoxos para liberar a los poseídos de sus demonios. Nos lo presentan como la pieza clave de esta película, pero no sabemos ni cómo se ha forjado ese carácter tan particular ni adónde quiere llegar -a la salvación del prójimo, a su propia salvación, a la necesidad de creer en algo…-.

El Rito pretende sacar ‘chicha’ de un argumento en el que, por insólito que parezca, a los espectadores ya no nos queda mucho que descubrir aparte de unos cuantos trucos que, con mayor o menor éxito, nos sacuden de repente. Pero sólo es una sacudida en el vacío, efímera y etérea, de las que no dejan huella.

Con todo, el argumento inicial de la película podría haber permitido una vuelta de tuerca en el asunto de la fe y de las necesidades que de ella se derivan, alejándose un poco más del susto por el susto y profundizando en aspectos espirituales que, bien planteados, pueden provocar más miedo que una niña vomitando clavos.

Celina Ranz Santana

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.