El Rey Pescador

El Rey PescadorAlberto García

Había algo en aquel cartel de aquella película incluida en el libro “Todos los estrenos de 1991” que me atraía, que me fascinaba. Si pienso en la cifra de ese año no sé por qué la percibo como actual, como si 1991 hubiera pasado hace tan sólo un par de años. Pero hace casi veinte. La canción dice que veinte años no es nada. No sé, no sé…

La película en cuestión es El Rey Pescador y por razones que no alcanzo a comprender y que no estoy muy seguro de querer saber, ésta es una de mis películas favoritas. No sé si arriesgarme a decir que es la que lideraría una supuesta lista de preferidas si existiera tal lista pero desde luego es la que primero me viene a la cabeza.

Como se sabe, en gustos no hay nada escrito y si lo hubiera no parece que debiera tener mucho valor. A mí esta película me envuelve, me produce un agradable mareo sensorial, me enamora, me hace sentir calentito. Recuerdo que cuando practicaba la natación y sabía que aún me quedaban miles de metros de entrenamiento en una piscina con el agua bastante fría y con la cabeza llena de desesperanza solía pensar en dos cosas mientras nadaba, brazada tras brazada: cantaba canciones en mi cabeza y pensaba en una taza de leche calentita al abrigo de las paredes de la casa de mis padres, entonces también mi casa. Es una sensación de calidez, muy física y, como todo lo físico, tremendamente espiritual. Pues algo parecido es lo que me hacen sentir las películas que me gustan, lo que me hicieron sentir Manhattan, de Woody Allen, La reina de África, de John Huston, El turista accidental, de Lawrence Kasdan o El Rey Pescador, de Terry Gilliam. Verlas es como estar con una taza de leche caliente, vestido con pijama y bata mientras se mira llover por la ventana.

Quizá la fascinación de El Rey Pescador resida en la leyenda del Santo Grial, tantas veces tratada en cine y literatura y aquí plasmada en formato urbano, un grial escondido en un lujoso apartamento de Nueva York. O puede que se trate de la arrolladora personalidad del personaje vagabundo de Robin Williams, un cuerdo loco que vive entre dos mundos y cuya paranoia le hace ver siniestros caballeros cabalgando por el asfalto de la Gran Manzana y cuya contagiosa alegría de vivir le hace cantar “Lydia”, el maravilloso tema musical de Una tarde en el circo, que habla de los diversos tatuajes de una dama circense, otrora en boca del grandísimo Groucho Marx, ahora en boca de este cómico contemporáneo. Quizá resida en la perfecta arquitectura del guión de Richard Lagravenese, una estructura de emoción y redención, de egocentrismo y sentimiento de culpabilidad, de mirarse el ombligo o mirar hacia el otro al que nunca vemos, todo ello encarnado por uno de los mejores actores americanos, el siempre eficaz Jeff Bridges. O quizá sea por la mirada mágica e ilusionante de Terry Gilliam, el cineasta que aborrece las formas pre-establecidas, el que no renuncia a ser un niño por nada del mundo, el Monty Python que dio seña de identidad gráfica al mejor grupo cómico de todos los tiempos.

Quizá sea todo eso junto o quizá sea imposible saberlo. El caso es que me apasiona esta película que es para mí uno de mis mejores recuerdos y de mis mejores futuros porque seguro volveré a ella. Una de esas películas que a mí me gustaría haber escrito.

 

Todo cineasta debería tener como objetivo escribir una de esas tazas de leche calientes.

 

 

 

Alberto García

 

 

 

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