El profesor Lazhar

El profesor Lazhar“El árbol se alegraba de ver cómo su crisálida crecía pero, secretamente, quería mantenerla un poco más en esa forma”.

El canadiense Philippe FalardeauNo he sido yo, ¡lo juro!- firma como guionista y director una película ‘sabia’ acerca de la pérdida y del miedo. En El profesor Lazhar estos dos sentimientos no entienden de edad ni de cultura y son igualmente profundos y desgarradores en niños canadienses de diez años que en un argelino exiliado que pasa de los cincuenta.

La película –como se hace hincapié en numerosas ocasiones- es una fábula acerca del poder curativo de las relaciones humanas, especialmente a través de la palabra. El profesor Lazhar, a pesar de sus métodos de enseñanza un tanto anticuados, es partidario de que hablar del dolor, humanizarlo y convertirlo en parte de lo cotidiano es necesario para superar el miedo, la pérdida e incluso la culpa.

Bachir –Mohamed Fellag, La última planta a la izquierda– es un exiliado argelino que comienza a trabajar como profesor en un colegio canadiense en un momento particularmente complicado para sus alumnos. Un momento que es mejor no desvelar porque la escena resulta impactante e inesperada. Se trata sin duda de un suceso traumático y al mismo tiempo revelador para los niños que, igual que sienten curiosidad por la vida, sienten curiosidad por la muerte y sus misterios.

A pesar de que los adultos se empeñan en apartar el dolor de las mentes de los niños, Lazhar -que también arrastra sus propios fantasmas-, tiene un concepto más ‘natural’ de lo que significa  el sufrimiento y prefiere que esos sentimientos estén presentes sin que nadie los fuerce a obviarlos ni a hacerlos salir. En este sentido, los alumnos, a pesar de sus dudas, parecen tener una visión de la pérdida más madura que la de sus padres y profesores.

El profesor Lazhar aborda sin excesos dramáticos la complejidad de un tema que, desde la perspectiva de lo espontáneo y desde la inocencia de unos niños, parece tener más sentido que desde el rigor moral impuesto por los adultos. Así es, en cierto modo, como funcionan las fábulas.

 

 

Celina Ranz Santana

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