El ‘Petiso Orejudo’

El 'Petiso Orejudo'Un criminal de siete años de edad

Nació en Buenos Aires, en 1896, y se crió en el seno de una familia muy humilde y numerosa, con un padre dado a la bebida y una particular manera de educar a sus hijos sin prescindir de la violencia.

A Cayetano Santos Godino no se le vaticinaba un futuro próspero: rodeado de pobreza y maltrato, las aspiraciones de este niño, criado en las calles bonaerenses, iban poco más allá de la mera supervivencia. Pero tampoco era de esperar que su carácter se decantara hacia algo mucho más oscuro: la obsesión por el sufrimiento ajeno.

Este niño delgaducho y de orejas prominentes -de ahí el apodo de ‘Petiso Orejudo’- no tenía una apariencia precisamente agresiva ni nada que hiciera sospechar que en su interior se estaba desarrollando la personalidad retorcida de un asesino en serie. Sus primeras víctimas fueron gatos callejeros a los que maltrataba, asesinaba y quemaba con la única finalidad de deleitarse en su sufrimiento.

Pero con apenas 7 años, Cayetano decidió ir un paso más allá en la escala de violencia y empezó a agredir a otros niños hasta dar el salto definitivo con el que iniciaría su trayectoria como asesino en serie: matarlos. El ‘Petiso Orejudo’ se embarcó en un juego peligroso: el de la ley de la calle. Y en la calle todo valía: el engaño, la crueldad extrema y la muerte.

Su primera víctima mortal llegó cuando tenía ya 10 años. Golpeó a una niña de 18 meses, la lanzó a una zanja y la enterró viva en basura. Fue entregado a la justicia por sus propios padres, pero no llegó a encontrarse el cadáver de la niña porque sobre aquel terreno se había construido parte de un edificio. Cayetano pasó dos meses en una cárcel. Meses que solo sirvieron para alimentar sus instintos más salvajes y en los que hubo otras tentativas de asesinato.

Dos años después, este niño de impulsos incontrolables fue trasladado a un centro de menores en el que pasaría otros tres años y saldría convertido en un adolescente pero muy lejos de lograr la reinserción en el mundo ‘real’.

Aunque probó suerte en varios empleos, lo único que atraía al ‘Petiso Orejudo’ era recorrer las calles de los suburbios de la capital haciendo el mal. Provocó incendios, mató animales, se enfrascó en numerosas peleas y agredió a muchos menores a los que a punto estuvo de matar. Pero sin duda último crimen fue el más salvaje de todos.

La mañana del 3 de diciembre de 1912, un niño de tres años llamado Jesualdo Giordano, se cruzó en el camino de Cayetano. Después de ganarse su confianza, éste condujo al pequeño hasta un callejón donde lo golpeó para luego tratar de ahorcarlo con su cinturón. El niño quedó al borde de la muerte y Cayetano lo escondió mientras pensaba en un método de acabar con su vida. Al rato regresó al lugar con un clavo que hundió en la sien de su víctima, provocándole la muerte en el acto.

En esta ocasión, el ‘Petiso Orejudo’ no pudo zafarse de la justicia. El hecho había sacudido las entrañas de la ciudad y se inició una meticulosa investigación para resolver el crimen: todas las pistas conducían hacia él, que no tuvo más remedio que confesarlo todo.

Tras su paso por un centro psiquiátrico, en el que intentó asesinar a otro paciente que iba en silla de ruedas-, fue trasladado a la que se conoce como “la prisión del fin del mundo”, en Ushuaia, donde vivió hasta sus últimos días atormentado por las vejaciones y palizas que le infringían sus compañeros de prisión, algunos de los criminales más peligrosos del país.

 

 

El Ilustrador

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