El mundo descalzo

Calle ShanghaiNunca me sentí tan sola como aquella tarde en la que paseé por las calles de una ciudad desconocida en uno de esos países que sólo aparecen en el reverso de los mapas, porque están tan lejos que casi no están.

Las avenidas, anchas y sórdidas como un bosque sin árboles, me habían conducido hasta una zona en la que las casas se atrincheraban detrás de la vida, como si lo que sucediera al otro lado de sus muros no fuera con ellas. Los tenderos dormían sobre los mostradores de sus comercios, o se acuclillaban junto a las farolas, al borde de la carretera, en un sueño que parecía gotear sobre el asfalto, contaminando el barrio con aquel sopor de tarde de verano, húmeda y doliente. Aquella cotidianeidad maquillada de sorpresa por mi mirada de viajera discurría entre puestos de comida, chatarra y baratijas, en esos callejones que sólo despiertan el apetito de las ratas.

Pero la miseria que a los ojos del viajero se vuelve cruelmente seductora, no por ello deja de serCallejón de Shanghai menos miseria, y a medida que avanzaba, creyendo que mis pies pisaban un cemento diferente al de aquellos otros pies, me di cuenta de que, de repente, me había quedado descalza. Los pasos quemaban y el pavimento incandescente, me corroía las plantas de los pies para hacer llaga mucho más arriba, más arriba incluso del corazón, después de haber recorrido el cuerpo con su aliento corrosivo.

Ese dolor que se instala de repente entre la piel y los huesos es el dolor que, con una arcada de lucidez, me abrió los ojos. Cuando quise darme cuenta, había cambiado el tono de la tarde, su ritmo, su aroma. Ya no paseaba distraída por un cuadrante del mapa donde las calles no son más que trazos coloridos sobre el papel. Ahora caminaba por el mundo, y el mundo hacía daño, me clavaba agujas debajo de las uñas y me impregnaba de su abrazo putrefacto. No había nada más maloliente que aquel lugar, un reducto en el que lanzar las vísceras de nuestra humanidad para quedarnos vacíos de esperanza.

Y entonces apareció ella, corriendo desde el fondo del callejón, y se detuvo a unos metros de mí para observarme con la perfecta simetría de su rostro. Y yo, que desde hacía unos minutos andaba buscando la salida de aquel laberinto, no tuve más opción que detenerme también para contemplarla desde arriba en su infinita pequeñez. Desenfundé la cámara, como si al sacar aquella foto estuviera cometiendo el más deplorable de los crímenes, y disparé justo antes de que se diera media vuelta y regresara a los confines de su universo. Luego me quedé unos minutos paralizada, dejando que el viento pestilente del callejón me dibujara la cara, como en una de esas fotografías instantáneas que parecen recomponer la realidad a partir de la nada.

Nunca me sentí tan sola como cuando vi a aquella niña, dentro de Shanghai pero fuera de todas las cartografías. Me dio por pensar en todo lo inabarcable, en las vidas que jamás viviría, en los rincones que, aunque dolientes, jamás pisarían mis pies. En todos esos personajes que, como aquella niña, aún no existen porque nadie los piensa. Y aquella idea se condensó en una gota de sudor –tal vez fue una lágrima- que terminó estrellándose contra suelo, haciéndose añicos. A veces, cuando sabes que nunca jamás volverás a ver a alguien, la nostalgia se vuelve tan prematura que parece casi un aborto del sentimiento.

 

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

 

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