El mal ajeno

el mal ajenoAlberto García

Hay trabajos en los que la función aparentemente principal del cargo es sólo una pequeña parte de todo lo que en realidad abarca. Un maestro de escuela debe ser un psicólogo, un sociólogo, un compañero y, además, debe enseñar. Algo parecido es lo que debería ser un cineasta. Sin enseñar, claro. Salvo que entendamos enseñar como “mostrar”.

A veces me siento realmente solo en esto. Como muchos de los que nos dedicamos a esto del cine o de la tele o de los videos turísticos o de lo que nos dé algo de dinero para pagar nuestras facturas, creo tener una mirada lúcida sobre el cine o la tele que veo. Pero es sólo mi mirada. Cuando comencé a escribir estos pequeños artículos cinematográficos para este periódico digital me prometí a mí mismo no hacer sino crítica en positivo, hablar sólo de las películas que realmente me han gustado. Pero soy un traidor. Aunque quizás me sirva de consuelo saber que al menos sólo me traiciono a mí mismo, lo cual no va a cambiar el orden de las cosas, no va a afectar al cambio climático ni al orden moral del universo. Puede que sea un consuelo de tontos.

Estando estudiando guión en Valencia hace ya once años tuve la suerte de poder tomarme un café con José Luis Borau, que vino a la Escuela Luis García Berlanga con objeto de un curso organizado alrededor de su teoría del guión. Con veintidós años la idea de tomarme un café durante diez minutos con este señor me produjo una enorme ilusión y el hecho de que el café lo pagara él me produjo gran tranquilidad, no porque yo sea un ávaro sino porque no tenía un duro en ese momento. Una de las cosas que nos dijo Borau a mí y al amigo que me acompañaba es que los cineastas jóvenes de hoy en día (de aquel “hoy en día”, lo que remitía directamente a Amenábar) han sabido conectar con el público como no supieron hacerlo la gente de su generación. Conectar con el público. Esa es una de las grandes metas del cineasta, conectar con el espectador. Compartir tu universo visual y narrativo, lograr esa empatía, viajar juntos por una película.

El caso de Amenábar es tremendamente significativo en esto. Creo que es una gran referencia para el cine español porque fue el primero capaz de ensanchar una industria algo anquilosada, dotarla de una forma que este cine parecía anhelar desde hacía mucho. Ha hecho del cine español un cine más ambicioso en lo que respecta a la factura final. Con cineastas como él y como algunos de los que han seguido su estela parece que el cine español se ha remozado, se ha lavado la cara y surge con la cabeza alta como un cine con un diseño espectacular. Como decía Eduardo Noriega en una entrevista reciente, los cineastas de esta generación no tienen la cultura de los de la generación de los setenta pero son cineastas que piensan en planos. Una manera sintética y muy acertada de describir este fenómeno generacional.

Yo creo que el caso de Amenábar ha sido fundamental para darle autoestima al cine patrio, un cine el suyo eliminador de complejos y ambicioso estéticamente. En sí supone una revolución. Pero creo que aquí no debe terminar el camino. Porque para lograr un cine como éste la impresión es que tenemos que hacerlo a la manera de los norteamericanos. Ahora toca pensar un poco más. Es decir, ya sabemos que podemos hacerlo, tenemos los conocimientos, los medios, los directores de fotografía, los guiones orientados por McKee. Ahora toca ir más allá. Que el cine español no sea una franquicia del cine hollywoodiense. Que se forje una identidad diferente y genuina en cada película.

Quizás lo que haga algo débil la propuesta de El mal ajeno sea ese excesivo apego al perfecto modus operandi norteamericano. Al modo ideal de contar una historia, incluso al tipo de historia elegida y por supuesto el género. No es, a mi juicio, el mejor modo de hacer un cine libre. No hay en esta película una verdadera propuesta. Es cine hecho con plantilla. Me pareció detectar influencias sospechosas de la magnífica El protegido de Shyamalan y el modo erróneo de entender el drama que tienen los estadounidenses que hacen cine de palomitas. Sánchez Arévalo, el guionista, entendía mucho mejor el drama cuando hizo Azuloscurocasinegro y por supuesto el estupendo corto Exprés. Aquí no parece sentirse del todo cómodo, quizás porque seguramente es un trabajo de encargo. Hay momentos en los que asoma cierta frescura sobre todo cuando el protagonista se relaciona con su padre pero luego se vuelve a los caminos algo trillados del cine marcado con batuta. En cuanto a la dirección, de Óskar Santos, encuentro algo endeble lo concerniente a los actores y un tanto asfixiante la planificación de la puesta en escena. Eso es posible que ocurra porque el director viene del corto, donde siempre se trata de hacer más con menos pero que en un largo del presupuesto que debe de tener éste no entiendo por qué ocurre. También hay que saber quitarse los lastres del corto cuando se pasa al largometraje.

A veces la mejor manera de lograr algo grandioso es partir del cliché, como decía Hitchcock que había que hacer. Partir siempre del arquetipo para llegar a lo original. No intentar partir de lo original que seguramente nos conducirá al arquetipo. Hace unos días vi una película absolutamente magnífica, Oasis, de Lee Chang-dong, que, al igual que hizo en su momento Al final de la escapada, de Godard, parten de conceptos de género norteamericanos para llegar a otro lado, dándoles la vuelta a la tortilla. En el caso de Oasis se parte de la comedia romántica para terminar haciendo una especie de anti-comedia romántica, un revulsivo dramático que resulta muy refrescante. Lo que no sé es si en su momento generó muchas palomitas.

 

 

 

Alberto García

 

 

 

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