‘El lobo de Wall Street’

'El lobo de Wall Street'La vida sin límites.

Al más puro estilo de los clásicos, Martin Scorsese presenta en El lobo de Wall Street una obra con presentación, trama y desenlace. Una línea evolutiva de personajes que avanzan hacia su propia destrucción en una ola de vicios y depravación que no entiende de límites porque, aunque suene a tópico, el dinero sí lo compra todo.

Aunque a lo largo de la película veremos drogas de lo más dispares, lo cierto es que el verdadero psicotrópico de esta historia -basada en la autobiografía de su protagonista, Jordan Belford– es el dinero, y sus personajes se inyectan a diario una dosis insultante de billetes verdes que les permite hacer lo que quieran. Una parábola hiperrealista para los que siguen justificando la crisis actual con el argumento de que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades».

El lobo del Wall Street narra la vida de Jordan Belford –Leonardo DiCaprio; Django desencadenado, J.Edgar- un corredor de bolsa neoyorquino que se hizo multimillonario en la década de los 90 junto a un grupo de compañeros de lo más pintoresco. El olfato de Belford para los negocios es innegable, pero su incapacidad para poner un tope al despilfarro, también. Sin embargo, el sentido común no parece un problema cuando uno nada en la abundancia, como es el caso de Belford, al que poco le importa vender humo si ello le permite seguir haciendo más grande su imperio.

Por alguna extraña razón y, a pesar de que el personaje es un vividor depravado, drogadicto y sin demasiados escrúpulos a la hora de hacer negocios, existe cierta empatía entre el espectador y Belford que, con todo, no deja de resultar un tipo simpático y divertido. Tal vez porque Scorsese nos lo presenta desde el comienzo, cuando es una persona más sencilla, aunque no por ello falta de ambiciones. Belford tiene claro desde el principio qué es lo que quiere ser y cómo quiere vivir su vida. Por eso, cuando logra hacer realidad su sueño -a pesar de que utilice métodos criticables- no provoca rechazo en el espectador, sino un sentimiento más parecido a la envidia. Y además, una envidia ‘sana’ porque Belford es un encantador de serpientes que te atrapa en su locura.

Sin embargo -y a pesar de que durante las dos primeras horas de película se nos presenta la euforia colectiva que provoca la ‘fiebre del oro’ moderna- la última hora nos prepara para un desenlace con enseñanza moral. Despertamos, explota la burbuja de jabón en la que Belford nos ha transportado. Acaba el sueño americano. La vida real es otra cosa.

 

 

Celina Ranz Santana

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