‘El hombre de las sombras’

El hombre de las sombras

Mi vigésimo tercera madre era una aceituna rellena de anchoa.

El hombre de las sombras no convence para nada, ni como thriller ni como película de terror. Si acaso, a veces da un poco de risa, aunque el resultado es más bien dramático, pues dan ganas de llorar.

Resulta que en la fila de atrás teníamos a una de esas espectadoras que van ‘explicando’ la película y sacando conclusiones en alto. Creo que los comentarios de la señora eran mucho más interesantes que el argumento de la cinta, ‘dispersa’ tanto en el fondo como en la forma.

El hombre de las sombras tiene un buen arranque del tipo ‘in media res’, narrando la historia desde un punto de la trama que no sabemos muy bien dónde ubicar hasta que retornamos a él. Se produce entonces un giro radical en los acontecimientos, pero llega con tan poca fuerza que, a pesar de que no resulta previsible, no provoca ninguna reacción. El desarrollo de la trama no parece conducirnos a ningún punto más que al “cuéntame lo que te de la gana porque me da igual”.

Es una sensación extraña, porque el argumento en sí tiene cierto atractivo: un pequeño pueblo sumido en la crisis en el que los niños desaparecen misteriosamente sin que las autoridades intervengan como es debido. ¿Qué está sucediendo en este misterioso pueblo? ¿Qué extraños personajes habitan en él? ¿Quién es esa sombra que se esconde en el bosque?

Y lo peor de todo es que en El hombre de las sombras hay una respuesta para todas estas preguntas -o para casi todas- y, sin embargo, no es una historia bien hilada. Eso por no hablar del mensaje ‘moralista’ del final -los que la hayan visto entenderán la entradilla de este artículo- que es lo más ‘destacable’ de la película. Además, las claves de la trama se presentan mediante recursos un tanto infantiloides -a mí no me gustan los ‘estupendismos’ de los directores, pero tampoco esa actitud paternalista, como si los espectadores fueran tontos-.

La película, tal como se presenta desde el comienzo, aspira a ser una crítica sobre un tema un tanto delicado: la desaparición de niños en EE.UU. Luego nos damos cuenta de que esto es un pretexto para tratar otros temas como la educación, la familia, la pérdida de valores… Pero al final no es más que la justificación de algo un tanto difícil de digerir -no quiero destripar el misterio- para obligarnos a aceptar el “todo vale” que de repente convierte a los villanos en héroes.

Aún partiendo de una buena hipótesis, los “pequeños mártires” de Pascal Laugier no consiguen el mismo golpe de efecto que en su anterior largometraje –Martyrs-, inusual y desconcertante. Siempre suelo decir algo positivo de todo lo que veo en el cine pero, sinceramente, esta vez no encuentro nada rescatable salvo a la señora que se sentó en la fila de atrás y que salió muy satisfecha de la película.

Felices Reyes.

 

 

Celina Ranz Santana

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