El Gran Hermano te vigila

Cámara de vigilanciaSi las medidas de seguridad se siguen incrementando, llegará un punto en el que uno no podrá salir de casa sin que lo cacheen en el portal del edificio. El “miedo a volar” ya no es sólo el miedo a viajar en un aparato que se eleva varios kilómetros sobre la superficie, sino el temor a que un chiflado haga detonar una bomba en pleno vuelo o estrelle el avión contra un edificio emblemático. La cuestión es que tengamos miedo: a volar, a salir a la calle, a subir al metro. Miedo al miedo.

Las excesivas medidas de vigilancia no sólo nos infunden un falso sentimiento de seguridad, sino que parecen convertirnos a todos en terroristas potenciales. El mundo se está convirtiendo en una prisión de máxima seguridad. Las calles se llenan de cámaras, los registros se convierten en parte de nuestras rutinas y con cada vez más frecuencia nuestra identidad se ve transformada en un PIN, un password o un código de barras. Pero, ¿estamos realmente más seguros? Porque, en una situación de pánico, flaco favor se le hace a la vuelta al orden si se aprovecha el momento para rescatar viejos temores y transformarlos en nuevas amenazas. El mensaje de los medios, que debería apaciguar los ánimos para que podamos reflexionar, parece ir en la dirección contraria: “tenga usted miedo, que los buenos ya se encargarán de darle su dosis de seguridad”.

Pero la seguridad no tendría que estar reñida con la vigilancia, porque cada vez que estas medidas se endurecen, los ciudadanos cedemos una nueva porción de nuestras libertades y, porción a porción, nos vamos quedando sin pastel. Siempre habrá quien argumente que, como no tiene nada que esconder, no le preocupa que le graben, que le cacheen o que le exijan un número de identificación. Pero es precisamente en estos casos cuando la vigilancia se convierte en una herramienta de control, más allá de su objetivo como medida preventiva de protección al ciudadano. Justo porque no tengo nada que ocultar, no quiero que se invada mi intimidad, que se conozcan mis hábitos, mis gustos, que se almacene información con el número de veces que entro en un sitio web, que mi nombre y apellidos figuren en una base de datos, que mi imagen circule por esos archivos sin que yo haya dado mi consentimiento.

Por otro lado, habría que analizar la inversión que se realiza en la colocación, mantenimiento y seguimiento de esos sistemas y en el impacto real que tienen sobre el control de la criminalidad. Probablemente las cámaras de vigilancia no disuadan al criminal sino que lo prevengan para cometer su delito en otra calle. ¿Entonces, qué hacemos? ¿Llenamos la ciudad de cámaras?

Tampoco el hecho de que antes de entrar al avión me revisen hasta las páginas del libro que voy a subir en cabina me aporta mayor grado de seguridad. No, teniendo en cuenta que, una vez pasados los controles, uno puede adquirir una botella de whisky en el dutty free. Pero parece que los recipientes sólidos y de cristal –fácilmente transformables en un arma- que se adquieren en el propio aeropuerto están tan libres de impuestos como de la aplicación de medidas de seguridad.

Las administraciones que velan por nuestros derechos como ciudadanos no podrían hacer esta incursión en nuestras vidas de forma tan descarada, porque supondría una invasión de todo aquello que quieren proteger: presuntamente, la libertad. Así que han encontrado una solución ridículamente sencilla, más cerca de las técnicas publicitarias que de lo moralmente correcto: nos han creado una necesidad. Y en cuanto aparece ese sentimiento colectivo de “queremos vigilancia, queremos control, queremos estar seguros…”, los resortes del sistema saltan y el mecanismo comienza a funcionar. Nuestros desesperados gritos de ayuda y protección encuentran respuesta en el Estado, en los gobiernos, en las administraciones y en todos esos grupos que están dispuestos a velar por nuestra tranquilidad, pero a qué precio.

¿No se estará convirtiendo en una forma de evadir responsabilidades reales? ¿Qué sucederá cuando un nuevo atentado nos revele que estos sistemas no han funcionado? ¿Volverán a endurecerse las exigencias? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a que esto suceda?

“El Gran Hermano te vigila”, ésa era la frase emblemática del mundo distópico que H.G. Welles refleja en su novela 1982. Varias décadas han pasado ya de la fecha profética que señalaba el escritor y me pregunto ahora si sus ideas no serían sólo un fallo de cálculo, pero no de contenido.

 

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Vagabundo Pérez

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