El Dorado

Balsa Muisca El país de las riquezas incalculables.

 

 

La fantasía de un país legendario en América en el que hombres y mujeres se vestían con vistosas plumas y cubrían sus cuerpos de oro fue afanosamente perseguida por los conquistadores españoles. De esta creencia, que mucho tiene que ver con la crónica de Gonzalo de Rojas allá por el 1636, arrancaron muchas expediciones, todas ellas sin final feliz ya que, arrancarle este secreto a la jungla se pagaba incluso con la vida.

De Rojas se refería a una tribu que realizaba sus ceremonias en la laguna de Guatavita. Allí, el heredero del trono de la ciudad secreta era cubierto de oro, vestido con plumas y decorado con valiosos brazaletes, corona, colgantes y pendientes. Además, portaba una gran cantidad de oro y minerales preciosos para ofrendar a su dios. Otros cuatro jefes acompañaban al heredero y lucían estos mismos adornos, realizando ofrendas en turnos sucesivos para confirmas el ascenso al trono de su nuevo rey.

Lo que cuenta Gonzalo de Rojas parece referirse a una ceremonia que realizaban los indios chibcas hasta poco antes de la llegada de los conquistadores. Parece cierto que en la laguna de Guatavita los indios arrojaban pedazos de oro como ofrenda para después bañarse en sus aguas, haciendo que sus cuerpos se impregnaran de las partículas de oro.

De un ritual que podría ser cierto se deriva la leyenda de El Dorado como uno de los tantos mitos que prometían a los exploradores más aventureros un sinfín de riquezas. La búsqueda de estos tesoros no se limitó al lago Guatavita, sino a otras zonas de la cuenca del Amazonas en la que desaparecieron numerosos exploradores sin que jamás volviera a saberse de ellos.

Hubo incluso algunas iniciativas para drenar el lago que empezaron a mediados del siglo XVI. A punto estuvo de cumplir este objetivo el comerciante Antonio de Sepúlveda que, según se cuenta, utilizó hasta a 6.000 indios en esta empresa, a expensas de Felipe II. Pero el canal se hundió después de rebajar hasta 20 metros el nivel del agua. El monarca también se cansó de perseguir un sueño que, más que riquezas, únicamente estaba trayendo pérdidas para su imperio, y las expediciones españolas se centraron en otras metas.

En el siglo XIX el lago fue drenado por una empresa germana, pero únicamente se hallaron pequeñas piezas de oro. Ni rastro del gran tesoro de El Dorado. Más tarde, en el 1912, la sociedad franco-sajona ‘Contracts Limited’ desecó por completo este paraje -sin tener en cuenta las consecuencias medioambientales- pero justo cuando iban a dar comienzo las labores de criba del terreno, el suelo de barro volcánico comenzó a endurecerse y se volvió impenetrable, alimentando la leyenda de que El Dorado es una ciudad inaccesible para los hombres ambiciosos.

Un manuscrito descubierto en 2002 parece haber encendido la llama de esta ‘fiebre exploradora’ que se ha extendido por el mundo desde hace siglos. Las páginas se le atribuyen al jesuita español Andrés López, perteneciente a la Compañía de Jesús. El monje habría escrito hacia mediados del siglo XVI, unas páginas referidas a un reino muy rico y adornado con oro. Este documento podría ser el motor de nuevas expediciones en la búsqueda de El Dorado. Una de las últimas fue la del antropólogo noruego Lars Hafksjold, desaparecido en la selva amazónica en 1997.

 

 

 

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