El discutible éxito del tranvía

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Uno de los fenómenos más curiosos de la política de transporte público del Cabildo de Tenerife es la morterada que se destina a los medios de comunicación para que éstos se encarguen de explicarlos a la población. Para el tranvía se dispuso de cinco millones de euros y según parece, los futuros trenes contarán con cantidades similares.

¿Qué hay que explicar de un transporte público? Pues básicamente los trayectos, las paradas y las tarifas. Y de ninguna de estas cosas se habló mucho, que yo recuerde, en la infinidad de cuñas, tertulias, especiales y monográficos que florecieron en los medios locales cuando empezó a manar la billetada pedagógica. Lo que realmente ocurrió es que, de repente, un montón de tertulianos empezaron a hablar de las excelencias del nuevo transporte, en ocasiones reconociendo sin pudor que jamás lo habían utilizado.

Esta debe ser la razón por la que para encontrar planteamientos mínimamente críticos en la prensa haya que remontarse unos cuantos años en las hemerotecas. Y cuando así se hace se descubren cosas interesantes como la paso a relatarles.

El pasado fin de semana pudimos leer en La Opinión de Tenerife acerca del problema de aparcamiento existente en Santa Cruz. Según se explica, cada día entran en la capital 122.000 vehículos, cifra que aumenta a 135.000 durante las fechas navideñas. Recordé que éste era uno de los problemas que supuestamente resolvería el tranvía, según varios profetas de la gestión pública. Para darle el beneficio de la duda, supuse que quizá, antes de la puesta en funcionamiento del tranvía, las cifras de entrada de vehículos fueran mayores. Pero ese no era el caso.

Hace exactamente ocho años, las cifras eran prácticamente las mismas. Lo que me lleva a constatar una triste realidad: el tranvía no ha tenido ningún impacto en el tráfico de vehículos privados. Y si los vagones del trenecito suben y bajan llenos de gente y vándalos será necesariamente porque se ha producido un transvase de usuarios desde la guagua.

Y por si quedara alguna duda de que el proyecto de tranvía obedecía más a un capricho personal que a una necesidad meditada, lean lo que decía Manuel Parejo (¡CC!) concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de Santa Cruz hace diez años, en una atinada predicción de lo que realmente ocurrió después.

Parejo acertó al pronosticar el éxito del transvase de usuarios guagua-tranvía. Pero se equivocó al pensar que el 20% de los usuarios de vehículo privado optaría de todas formas por el transporte público.

Sigue la loca danza de cifras. Dos años después, Antonio Castro, consejero de Infraestructuras del Gobierno de Canarias, se arrancaba con una nueva y errónea predicción. Sin mayores miramientos, se encomienda a los estudios del Cabildo para asegurar que el tranvía competiría con el vehículo privado y no con la guagua. Jamás se supo en qué se basaban semejantes conclusiones y mucho menos de dónde salían las cifras de reducción del tráfico, y por qué éstas variaban de un año para otro y dependían de a quién se preguntara.

Tres meses más tarde, es el propio Cabildo de Tenerife el que se descuelga con epatantes cifras absolutas. Se acabaron esos tibios porcentajes que nada aportan al lustre de un comunicado como Dios manda. Ahora son 40.000 los vehículos que se quedarán en sus garajes al quedar deslumbrados sus conductores por los coloridos vagones del tranvía. Se habla aquí del área metropolitana, pero las cuentas siguen sin salir.

¿Qué hemos aprendido hoy, rebuscando en los contenedores de la prensa viejuna?. Pues tres cositas de lo más desasosegantes:

  • El proyecto del tranvía de Tenerife fue en buena medida, fruto de la improvisación.
  • El objetivo de eliminar tráfico de vehículos privados nunca se tuvo claro y jamás se alcanzó.
  • El único resultado neto fue un tranvase de usuarios desde la guagua al tranvía.

La próxima vez que oigas decir que el tranvía es todo un éxito porque siempre va lleno, acuérdate de este cuentecillo.

 

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