El día 25 tengo que contratar a unos cuantos empleados míos…

Carlos Castañosa

¿Cómo lo hago?… Los aspirantes me lo ponen difícil, porque sus currículos son engañosos y poco fiables por correlación con sus antecedentes.

Siempre sucede lo mismo: cuando me rellenan el impreso, las titulaciones y los idiomas son lo de menos, pues tampoco abundan demasiado entre la “mano de obra” que se me ofrece como “altamente cualificada”. Pero intentan venderme una imagen bien trabajada por un asesor especializado y caro, con un programa de promesas, propósitos y descripción de proyectos que nunca se cumplen a posteriori, porque la culpa fue de otros.

Tal sucede cuando se trata de renovar la plantilla. Para colmo, abundan los repetidores: aquellos que un día consiguieron el puesto con las argucias habituales, que vuelven a presentarse y, aunque fracasados por incumplir lo prometido, retocan el currículo para prometer lo mismo y me cuentan que esta vez lo cumplirán. Solo la ingenuidad y buena fe de la parte contratante apenas sean insuficiente justificación para dejarse engañar con tanta reiteración.

El problema que se me presenta como responsable de elegir entre tanta falacia es que si me engañan una vez, la culpa es del mentiroso. Si me dejo engañar una segunda, pudiera ser mi exceso de confianza. Pero si a la tercera me la meten doblada, la culpa será solo mía y, además, seré un perfecto imbécil (por decirlo en horario infantil).

Lo peor viene por una Reforma Laboral que ha destrozado de un plumazo la dignidad de cualquier puesto de trabajo convencional, tras dos siglos de lucha para que el sudor de la frente dejara de ser maldición bíblica y sinónimo de esclavitud…

¡Pero es que a mis futuros empleados eso no les afecta! Pues ellos se organizan en una casta aparte donde pueden asignarse sueldos escandalosos, colocar bajo su férula a parientes y amigos/as, y cobijarse en suculentos echaderos cuando la pifian o se cansan de una poltrona poco mullida. Pueden hasta comprar la justicia (con minúscula) o venderse al mejor postor, que suele ser el banquero que estafa impunemente a indefensos clientes ancianos que creyeron que los ahorros de toda su vida servirían para procurarse una vejez digna, y hoy contemplan con desamparo cómo su sacrificio es aprovechado por directivos fracasados en su gestión, pero premiados con pensiones millonarias y debidamente protegidos por los “servidores del pueblo”.

Todo bien controlado por los especímenes que hoy tengo que renovar mediante contrato firmado en las urnas del día 25.

Es patético su “examen oral” a cumplimentar como añadido al programa escrito (y las deplorables fotos de campaña electoral; algunas pegadas en un “se prohíbe fijar carteles”). Cuando nos cuentan su vida en una TV, se les nota cómo mienten y que lo saben. Son tan absurdos que hasta creen que nos tragamos su discurso. Y en un debate, la vergüenza ajena puede no tener techo.

Se me crea un grave problema de conciencia. Algunas voces, más o menos interesadas, me inducen a elegir entre la caterva de ineptos para configurar la plantilla que nos represente en Europa. Las fastuosas condiciones laborales de los posibles elegidos, en el lamentable contexto socio-económico de una población vejada y maltratada a la que pretenden representar, me disuade de cualquier determinación al respecto.

Serán otros los que se dejen convencer de que el derecho al voto es un privilegio democrático, así definido en nuestra Constitución.

Pero en mí, el que manda soy yo. Fdo.: El pueblo soberano.

 

 


Carlos Castañosa

elrincondelbonzo.blogspot.com


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