El culo de Bardot

El desprecioVoy a hablar de El desprecio. El desprecio, película de 1963, rodada por Jean-Luc Godard. Voy a hablar de El desprecio. De su maravillosa música, de su poesía, de su visión de las relaciones de pareja. De su universo visual. Voy a hablar de El desprecio. Así que pienso en El desprecio… Y me viene a la cabeza… Brigitte Bardot.

Así de simple. Pienso en esta película y lo primero que me viene a la mente es la antecesora de la Schiffer. Pienso en su cara, en sus piernas y en su culo. Me temo que ese culo y esas piernas formarán parte a partir de ahora de mi memoria cinematográfica. Junto a Humprey Bogart empujando La Reina de África, Samuel L. Jackson y John Travolta caminando por un edificio de apartamentos, Jeff Bridges a punto de suicidarse en El Rey Pescador, Woody Allen corriendo por Manhattan o un enano cabreado en Vivir rodando. Ahora se les ha sumado el culo de Bardot.

Así, a priori, parece de una gran simpleza pero si lo pienso: ¿Cuántas piernas y cuántos culos he visto a lo largo de mi vida en las películas? ¿Cuántos recuerdo? Vale, dejémonos de hablar de traseros. Esto es serio. O no… Porque El desprecio es un film sumamente naif y, a un tiempo, sumamente complejo. El cuerpo desnudo de Bardot expone una cierta ligereza vital, una invitación a lo primario, pero su gracia, su aparente volatilidad (ella no se desplaza pesadamente cuando camina, fijando los pies en el suelo, parece sólo rozarlo) nos invita a una reflexión sobre lo que es realmente importante. Quizás la vida sea naif. Toda premisa, toda investigación filosófica, desde Schopenhauer hasta Cioran, de Aristóteles a Kant… Sea una mentira intelectual y lo importante realmente sea el aspecto estético de lo que vemos y olemos. La vida es naif, ligera, cándida, ingenua. Y eso no la hace en modo alguno más simple. Porque debajo de la piel está contenido el universo.

Para adentrarnos en el universo primero debemos reconocerlo. Lo externo es una muestra de lo interno, una promesa de infinitud. El culo de Bardot contiene el universo.

Esta curiosa dualidad es lo que más me llamó la atención de la película. Ligera, estética, hermosa, simple y, a la vez honda y embriagadora. E incluso espesa a ratos. Y esa dualidad de candidez y hondura se aúnan en los momentos en que aparece la rubia y suena la música de Delerue. Y yo nunca he agradecido tanto la repetición de un mismo tema a lo largo de una película. Es la primera vez en mi vida que espero con tanta ansia volver a escuchar una música en un film. Y conste que la música es el aspecto cinematográfico en el que menos suelo reparar.

La música celestial y profundamente humana de Delerue, Bardot en su conjunto y falta otro elemento desconcertante y posiblemente caprichoso: el sombrero de Michel Piccoli. Porque no se lo quita en toda la película. Excepto en un momento en que se lo quita para ponerse otro. ¿Es una broma? ¿Un guiño personal? ¿Un guiño a Hollywood y su cine negro? ¿O quizás a Al final de la escapada? Yo creo que es la máxima expresión de la ligereza del personaje. Una ligereza nada naif en su caso. Una ligereza pesada. La insoportable pesadez de su ser.

Porque Piccoli es ligero y Bardot es naif. Pero en este mundo no se permite lo naif, hay que retorcerse los sesos y creerse por encima del resto de los mortales para obtener el respeto.

Así que Bardot, naif hasta las últimas consecuencias, lo paga bien caro.

La vida es naif. Y yo no veo nada naif en el PIB, la cola del paro o la fortuna de Botín ¿Nadie ha hecho un chiste de su apellido? Ni las subidas y bajadas de la Bolsa, los índices de precios al consumo o las fusiones frías. Yo no veo nada  naif en todo eso. Pero es que nada de eso forma parte de la vida. Aunque nos quieran vender lo contrario.

No hay nada más complejo que las piernas de una mujer.

Alberto García

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