‘El consejero’

'El consejero'

La fama de Ridley Scott, el prestigio de Cormac McCarthy y el glamour hollywoodiense deambulan sin ton ni son por una película sin historia.

El miedo debe de ser más que insufrible una vez que has alcanzado la gloria. Cuando el listón está demasiado alto, atreverse a dar otro salto espectacular para la audiencia debe de paralizar los músculos, detener el pulso, convertir los logros anteriores en un fantasma que te tira de la ropa y te impide continuar la carrera. Al menos yo, que nunca he triunfado en nada, siento a menudo ese temor de ‘no dar la talla’, de no llegar a lo que los demás esperan de mí.

Pero se ve que el dinero y la fama también curan estas heridas o, al menos, suavizan los temores intrínsecos a todo triunfo: el miedo al fracaso. Si no, no se entiende cómo pueden ver la luz películas como El consejero, cuyo trabajo de promoción es probablemente lo único destacable, porque se ha invertido más en pulir las apariencias que en encontrar un buen motivo para hacer esta película.

Ridley ScottPrometheus, American Ganster– y el escritor Cormac McCarthy -La carretera, No es país para viejos– se aventuran a contarnos una historia de la que parecen saber tan poco que solo son capaces de abordarla desde la obviedad de un mundo cruel –el del narcotráfico-, las excentricidades de quienes lo controlan y el discurso sentencioso y repetitivo de un elenco de personajes -¡todos filósofos!- que atrapados en la pedantería de su guión, no llegan a emocionar.

El consejero narra la historia de un abogado –Michael Fassbender; Shame, Prometheus– que necesita más de una hora de película para contarnos que va a cometer el grave error de meterse en el peligroso mundo del contrabando de drogas y que lo hace, principalmente, porque codicia el amor de una mujer un tanto mojigata –Penélope Cruz; Los abrazos rotos, A Roma con amor-. De la mano de dos ‘pintorescos’ narcos –Javier Bardem; Skyfall, Biutiful y Brad Pitt; Guerra Mundial Z, El árbol de la vida– se introducirá en un truculento negocio que, desde el principio, sabemos que va a traerle muchos problemas, aunque a él le haga falta llegar a la hora y media de cinta para percatarse del panorama. Como el argumento no avanza ni aunque el espectador espolee su butaca para mantener, como mínimo, un ritmo de trote, una sensual y sospechosamente inquietante Cameron DíazUn plan perfecto, Bad Teacher– amenizará el tedioso guión con alguna que otra escena rocambolesca y una forzada fijación por la provocación sexual a la que aún no he encontrado justificación que valga.

Para rematar la faena, McCarthy pone en boca de todos los personajes un discurso de moral kantiana tan poco natural que no le va ni a los filósofos de la ‘escuela de la vida’. Pocas veces me había aburrido tanto en el cine a la espera de que sucediera algo.

El mejor consejo: no ir a verla.

 

 

Celina Ranz Santana

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