El colonialismo huele a rancio

Guanche

Será que el corazón desarraigado de este vagabundo no entiende de identidades o que ya ha superado el miedo a la “no pertenencia” a ningún lugar. O será que quiero a mi tierra lo suficiente como para no sentirme amenazado por el “invasor” que para muchos aún cabalga altanero sobre su corcel, con el pendón en una mano y la espada en la otra, cegando a los aborígenes con su pecho de reluciente metal. Por eso, cuando los periódicos de este Archipiélago publican editoriales como el que acabo de leer en el día de hoy, no sé si sentir pena o indignación. No sé si echarme a reír o llevarme las manos a la cabeza. No sé si estamos perdiendo el tiempo o si es que nos hemos perdido en él.

 Eran germanos. No los del tópico de las cholas con calcetines y la jarra de cerveza. Germanos de los del siglo III, poderosos, en pleno proceso de expansión por Europa, subiendo como la espuma a medida que el Imperio Romano tocaba a su fin. Los godos, este pueblo del norte que tuvo la idea de ir ganando terrenos en las costas del sur -en esto no se diferencian tanto de los actuales políticos-, se dividieron en dos, los ostrogodos y los visigodos, y estos últimos, que además de invasores fueron muy buenos en eso de las relaciones internacionales, ayudaron a los romanos a echar a suevos, vándalos y alanos de los territorios que conformaban Hispania -lo que hoy conocemos como la Península Ibérica- y aprovechando la coyuntura, se asentaron allí durante unos cuantos años -141, para ser exactos-. Estos tipos que ni me van ni me vienen terminaron su dominio sobre tierras peninsulares allá por el año 711, cuando llegan a la Península los árabes. Harían falta otros 700 años de historia para que las islas que conforman nuestro Archipiélago fueran conquistadas, y para entonces es posible que aquellos godos de los que hablábamos antes ya hubieran empezado a usar cholas con calcetines y a tomar cerveza. La conquista de Canarias, grosso modo, es una empresa en la que participaron varios “socios”. Así pues, hay que distinguir entre la conquista señorial (nobles que se lanzan a la aventura sin ayuda de la Corona, por ejemplo, Jean de Bethencourt), la conquista señorial castellana (culebrón de adquisiciones a través de bodas y compraventa de privilegios), y por último, la conquista realenga (llevada a cabo directamente por la Corona de Castilla y sus representantes, los Reyes Católicos). Curiosamente este último período de la conquista fue el más breve, teniendo en cuenta que desde 1402 los normandos estuvieron metiendo caña en las islas orientales y el puterío familiar posterior se prolongó hasta 1478. La conquista finaliza oficialmente en 1496, de manera que los Reyes Católicos vinieron más bien a recoger migajas y, sobre todo, a hacer negocios.

Grabado canario

He querido detenerme un poco en toda esta historia para justificar la indignación que me corroe cuando, quinientos años después, aún hay quien se entretiene en la caza y captura del invasor. Menos mal que nuestra historia es breve, porque de haber nacido entre el Tigris y el Eúfrates, no me imagino la cantidad de tiempo que perderían nuestros representantes en encontrarnos la verdadera raíz de nuestra sangre mesopotámica. Hablar de “invasores” y “godos” a estas alturas es tan absurdo como imaginar que los aborígenes de nuestras islas ya estaban aquí tocando el timple y la bandurria, comiendo papas con mojo y saliendo de romería con sus trajes coloridos cuando el opresor desembarcó en la costa y dijo “esto es mío”.

Por desgracia la historia de la Humanidad es una historia de luchas y conquistas, y no hay peor batalla que la de seguir levantando barreras ahora que no tiene tanto sentido encontrar nuestros orígenes como asegurarnos el porvenir. Me sorprende y me indigna, porque tengo la sensación de que ese desprecio al peninsular no es más que un delirio de inferioridad del isleño, anclado en sus miedos, acomplejado en la hermosa pequeñez de sus islas. Más que seguir alimentando ese odio absurdo que por no tener no tiene ni fundamento etimológico –¿qué coño quiere decir el apelativo “godo” a estas alturas?- deberíamos hacer un esfuerzo, especialmente aquellos que presumen de ser el periódico con más tirada de la isla, para recuperar esa parte de la historia que nos hizo ricos, cultural y económicamente, y que es fruto del intercambio de ideas, razas e identidades. Un canario que sólo se siente canario por el hecho de haber nacido en una de las siete islas tiene menos mérito que un peninsular, o un cubano, o un inglés, que se siente canario porque, lejos del expolio o del olvido, nos enriquece con su presencia en esta tierra, con el interés por conocerla y con la labor de transmitir ese conocimiento. Presumimos de ser un pueblo solidario, de nuestra hospitalidad y nuestra simpatía, pero flaco favor le hacemos a esta tierra si nos ponemos a jugar a vencedores y vencidos.

La palabra colonialismo me huele a rancio. O será que está tan manipulada que más que colonialismo ya es eau de tolete.

http://vagabundoperez.blogspot.com/

 

Vagabundo Pérez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.