El castillo de la muerte

Castillo de HolmesEn plena Exposición Universal de Chicago (1893), un fastuoso hotel abría sus puertas en el centro de la ciudad. El serñor Holmes era el propietario de esta singular construcción proyectada por un arquitecto llamado Campbell con el que compartía una particularidad: ninguno de los dos existía realmente.

El “Castillo de Holmes”, era una tapadera ideada por Herman Webster Mudgett, un criminal con aspecto de conquistador que utilizaba sus dotes de donjuan para seducir a jóvenes de buena familia y hacerse con sus fortunas antes de abandonarlas. Siguiendo este método, Herman conseguiría financiar sus estudios de medicina y la obtención de múltiples diplomas en la ilustre Universidad de Michigan. De manera que, a pesar de ser un estafador y un mentiroso, Herman Webster no tenía ni un pelo de tonto.

Hasta entonces, el apuesto truhán no se había manchado las manos de sangre. Pero un sus ansias insaciables de hacerse con el dinero de otros, Herman idearía un macabro plan: construir un hotel lleno de pasadizos, trampas e incluso conductos de gas que le permitieran acabar con la vida de sus adinerados huéspedes y quedarse con sus pertenencias.

Así pues, Herman se inventó dos identidades falsas. Primero, la de un tal Campbell, de profesión arquitecto, encargado del desarrollo del proyecto. Y por otro, la de Mr. Holmes, un hombre de negocios, propietario del inmueble. Aunque parezca sorprendente Herman se las ingenió para conseguir la financiación necesaria para la construcción del “Castillo de Holmes”. Recurrió a varias empresas que, ante los impagos del ficticio magnate, interrumpían las obras, por lo que sólo Holmes sabía cuál era el resultado final de su proyecto. Cada empresa constructora participaba de una parte muy concreta del edificio, sin conocer lo que se había fabricado antes ni mucho menos lo que se fabricaría después. De esta manera, el “Castillo de Holmes” quedaría convertido en un puzzle de habitaciones y pasadizos que sólo el propio Herman conocía.

Herman Webster aprovechó la coyuntura de la Exposición Universal de Chicago de 1893 para asegurarse una clientela adinerada y para atraer, con sus artes de seducción, a numerosas mujeres viudas y solteras que no escatimaban en gastos y que felizmente decidían hospedarse en el hotel de Mr. Holmes sin saber que se trataba de una auténtica fábrica de asesinatos.

A través de tubos de gas estratégicamente colocados, Herman asfixiaba a sus víctimas sumiéndolas en un placentero sueño del que ya nunca despertaban. A continuación, y a través de varios montacargas y toboganes, se deshacía de los cuerpos enviándolos a los sótanos del hotel, a una habitación que fue denominada “el calabozo”, por las cosas espeluznantes que allí se encontraría. Y es que muchas de las víctimas aún no llegarían cadáver a esta habitación, sino que allí serían torturadas, violadas y finalmente asesinada por las manos de Herman, que incluso disponía de una máquina para, literalmente, matar de risa a sus víctimas, cosquilleándoles las plantas de los pies.

El negocio fue prospero durante los seis meses que duró la exposición, pero a partir de entonces, el derrochador de Herman fue acumulando importantes deudas y la única solución que se le ocurrió fue quemar la última planta del edificio para cobrar un cuantioso seguro. Sin embargo, la compañía aseguradora inició una investigación completa del edificio que obligó a Herman a dar cuenta de los ingresos y registros que se habían realizado. Como las cifras no cuadraban, la aseguradora entró en contacto con la policía y ello derivó en nuevas inspecciones hasta que “el calabozo” fue descubierto.

Herman declaró que a lo largo de su vida había matado tan solo a veintisiete personas. Una afirmación poco creíble ya que las autoridades, a juzgar por las pruebas encontradas en el “Castillo de Holmes”, habían fijado una cifra aproximada de unas doscientas personas.

Herman Webster pasó varios años en prisión hasta que la justicia sentenció su pena de muerte en 1896. Fue ahorcado el 7 de mayo. Sólo tenía treinta y cinco años.

 

 

 

 

 

 

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