El Carnaval y “los chinos”

Bazar chino

Ya es demasiado tarde para hacerlo en éste, pero para el próximo año propongo que, de una vez por todas, el Carnaval rinda homenaje al país que más ha contribuido a su esplendor en los últimos años: China. No me dirán que el boom de bazares orientales que ha estallado en nuestras ciudades no es una bendición divina (o profana, en el caso que nos ocupa).

¡Qué placer recorrer esos desordenados pasillos! ¡Qué tesoros se encuentran ocultos entre los expositores de cartón! ¡Cómo resistirse a prendas que ya le hubiera gustado diseñar al más excéntrico de los modistas! Querida Ágata… Sí, sí, le hablo a usted, Sra. Ruiz de la Prada: Ni su idea más descabellada puede competir con los trajes de noche Pekín, los pijamas Wan-Tun o la bisutería agridulce.

Entrar en una de estas tiendas supone atravesar el espejo por el que se accede al país de las maravillas. En cada caja hay una sorpresa; en cada esquina, una idea; en cada percha, una historia. Cada año, cuando llega el frío y tengo que ir pensando en qué personaje me convertiré para disfrutar de las noches carnavaleras, acudo a cualquiera de los muchos templos de la fantasía que hay cerca de casa. Un rápido vistazo es suficiente para encontrar inspiración. En otras ocasiones, cuando el veneno carnavalero me ha susurrado con antelación de qué quiere que me disfrace, estas grutas del tesoro me sirven para hallar lo que en cualquier otro lugar sería imposible. Desde que nuestros amigos asiáticos están entre nosotros, ya no se puede decir aquello de: “La idea me gusta, ¿pero dónde encontramos eso?”. La moda china ha acabado definitivamente con el recurso fácil de la sábana, la corbata con calzoncillos y la plaga bíblica de disfraces de osito. ¿Por qué salir con cuatro prendas viejas pudiendo lucir un exótico look que, además, nos ha costado más barato?

¡Y qué decir de los juguetes que nos sirven como complemento! No estoy muy seguro de que los artículos que venden estos arcángeles de la Fiesta sean adecuados para los niños. Pero, desde luego, lo son y mucho para los carnavaleros. Es más, creo que los diseñadores de juguetes de Taiwán piensan en nosotros cuando los crean. ¿Qué importa que la pistola se autodestruya a las pocas horas de uso si es sólo para una noche? Además, el cañón torcido de una Magnum 44 puede dar para muchos chistes… ¿La guitarra de plástico pierde su capa de pintura? ¡Aprovechémosla para maquillarnos! ¿La peluca suelta pelo? ¡Échale la culpa al cambio climático y convence a alguien para hacer el amor antes de que el mundo desaparezca!

Amigos, no podemos permitir que las autoridades hagan oídos sordos a esta realidad. Las tiendas chinas se merecen una calle, un monumento, ¡un Carnaval! Es una pena que en casi ninguna sepan el suficiente español como para leer esto. Seguro que me suministraban de por vida.

El Palmero Justiciero

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